sábado, 15 de mayo de 2021

 

LOS SUCESIVOS ESPACIOS LEGISLATIVOS




Primera sede legislativa : la Sala de Representantes: Perú 272


LA PRIMERA SEDE LEGISLATIVA
El poder legislativo tuvo una primera sede en la Sala de Representantes construída en 1821, en Perú 272, sobre lo que eran cinco casas de alquiler edificadas en 1782 sobre las antiguas huertas jesuitas, en el edificio de la Manzana de las Luces. La adaptación la llevó a cabo el arquitecto francés Próspero Catelin, y consistían en una Sala de Representantes y otras oficinas, con doble entrada, una pública por la calle Moreno y una reservada, por la calle Perú. La Sala de Representantes tenía una forma semicircular rodeada por tres hemiciclos para los representantes, palcos para los funcionarios y galerías para el público.

En 1981, el ámbito de la Sala se recuperó como patrimonio histórico, pues fue escenario de gran parte del desarrollo de la historia argentina. Sede de la Legislatura Provincial desde 1822 a 1884, de los sucesivos congresos y convenciones desde 1824 a 1864,  y del Concejo Deliberante desde 1894 a 1931, fecha en que finalmente fue desafectada de la vida política y pasó a ser ocupada por la Facultad de Arquitectura y Urbanismo como aula magna hasta 1971. Allí juraron  como funcionarios de gobierno Rivadavia, Rosas y Mitre, en cuya presidencia se encargó un nuevo edificio como sede legislativa mediante un concurso que ganó el arquitecto  Jonás Larguía. Este cordobés había sido becado por el gobierno de la Confederación argentina en Paraná, y gracias a ello cursó su carrera en la Pontificia Academia di San Luca en Roma, fundada oficialmente en 1593.

LA SEGUNDA SEDE LEGISLATIVA
Surgió así en el solar de Balcarce y Victoria (hoy Balcarce y la actual Hipólito Yrigoyen) un edificio de influencia italiana cuyo frente tenía tres grandes arcos de acceso y un frontis triangular. Pero la capacidad de este edificio resultó insuficiente cuando creció el número de representantes en ambas cámaras. Recordemos que el poder legislativo argentino es bicameral, y que el número de representantes es proporcional a la población. Recordemos también que  la inmigración aumentó en grado sustancial esa población, con lo cual pronto se multiplicaron los representantes legislativos.
Hacia 1880, las tensiones derivadas en guerra civil por la capitalización de la ciudad de Buenos Aires, enfrentaron los poderes del gobernador de la provincia bonaerense, Carlos Tejedor, y del presidente Nicolás Avellaneda, tensión que finalmente se resolverá con la fundación de La Plata. Pero en ese interín de cuatro meses que duró la resolución del conflicto, el Congreso se trasladó al pueblo de Belgrano en cuya municipalidad  (hoy Museo Sarmiento) funcionó. Vuelto ya a la sede del cuerpo legislativo, y en pleno crecimiento el número de habitantes del país,  se decide elegir, hacia 1890,  un nuevo proyecto edilicio que fuera acorde a las necesidades. Se barajó la posibilidad de alojarlo en la manzana de Paraguay, Charcas, Riobamba y Rodriguez Peña, pero luego, por iniciativa de Juarez Celman, el cuerpo se decidió por el solar de Callao y Rivadavia que fuera comprado a Spinetto Hermanos, llamándose a concurso para ponderar los proyectos. Entre los muchos presentados, fue el del italiano Vittorio Meano el elegido. El arquitecto turinés,comenzó su obra en 1897, y en el año 1906 la labor parlamentaria inauguró el edificio. El antiguo Congreso de Balcarce y Victoria, luego de 40 años,  declaró levantada la última sesión parlamentaria el 15 de diciembre de 1905 . A su local, se trasladó desde Perú 270, el Archivo General de la Nación y los miembros de la Junta de  Historia y Numismática presididos por Mitre. El edificio se mantuvo hasta el año 1942, cuando fue demolido para levantar el nuevo Banco Hipotecario, actualmente sede de la AFIP, pero la Sala de Sesiones permaneció intacta por efecto de la ley 120.412.







Segunda sede legislativa: Balcarce y Victoria





El antiguo Congreso en situación, visto desde la Casa de Gobierno. Detrás de él, destacan las torres y la cúpula de San Francisco, y más allá, las torres de Santo Domingo. Observemos que el solar del Congreso es irregular y su frente está a 45° con respecto a la acera. El arquitecto Larguía pudo resolver estas dificultades y en dos meses completó los planos.




El actual palacio legislativo, frente a él, la plaza del Congreso en cuyo centro se sitúa el monumento a los Dos Congresos, en homenaje a la Asamblea del Año XIII y al Congreso de Tucumán. Delimitada por las calles Entre Ríos, Rivadavia, Hipólito Yrigoyen y Virrey Cevallos, la plaza del Congreso  completa un conjunto de tres plazas inauguradas en el Centenario, junto con la de Lorea y la de Mariano Moreno. En ellas desemboca la diagonal Avenida de Mayo, conectando la Casa de Gobierno con el Congreso. Estos espacios abiertos brindan un  marco adecuado para la apreciación del frente del imponente edificio.







LA TERCERA SEDE LEGISLATIVA
El arquitecto Meano definió para el Congreso un estilo italianizante, inspirándose en edificios piamonteses de grandes cúpulas, combinó  líneas rectas en la base tomando elementos de la arquitectura griega como columnatas corintias y un gran frontis triangular y los coronó con una gigantesca cúpula de 80 metros de alto  y 30.000 toneladas de peso. Sobre el frontis colocó una plataforma y en ella una Cuádriga de bronce tirada por cuatro caballos y conducida por la Victoria Alada. El conjunto escultórico del artista  Víctor de Pol, que mide  ocho metros de alto y pesa 20 toneladas, simboliza la República Triunfante. Con cuatro pisos y un  subsuelo, el edificio posee una Entrada de Honor por la avenida Callao, flanqueda por seis columnas corintias, dos cariátides  de mármol y cuatro leones alados cuya función es ser la base de hermosos faroles de opalina. La entrada de senadores es por Hipólito Yrigoyen 1849 y la de diputados, por Rivadavia 1850.
Para el proyecto, demasiado ambicioso, se había votado un presupuesto de $6.000.000 m/n, pero hacia el año 1914 ya se llevaban gastados $11.000.000 y el edificio no estaba concluído. Recién en 1946 se lo consideró terminado con el revestimiento de piedra en los muros de la rotonda sobre la calle Combate de los Pozos, y para entonces había consumido la friolera de $31.400.000. Los escándalos alrededor de la obra del Congreso, su presupuesto nunca cerrado, las investigaciones sobre sobreprecios y la demora en su terminación, fueron objeto de numerosas críticas, pero a su terminación el Palacio de Oro (como se lo denominaba popularmente), quedó demostrada la majestuosidad del edificio, uno de los palacios legislativos más grandes del mundo.


Vittorio Meano nació en Susa, Piamonte hacia 1860 y estudió arquitectura en la Universidad de Turín. Trabajó en el estudio de su hermano, el ingeniero Cesare Meano y en 1884, viaja a Buenos Aires para incorporarse al estudio de su colega, también italiano, Franceso Tamburini, especializado en obras institucionales y públicas de importancia. Tamburini muere al año de llegado Meano, y recae sobre éste la responsabilidad del estudio. Compite con otros 28 arquitectos locales y extranjeros por la obra del Congreso Nacional y gana el concurso, mientras participa en las obras del Teatro Colón que a la muerte de Tamburini estaban en el primer piso. Se presenta al concurso para la construcción del palacio legislativo  en Montevideo, y Meano se presenta. En el interín, el 1° de junio de 1904, a las 11.30h en oportunidad del almuerzo del arquitecto en su casa, Rodriguez Peña 30, llama a la puerta un ex-empleado de origen italiano que hacía dos meses había despedido y que fue su mayordomo por cuatro meses. Por razones pasionales, y en medio de una discusión en su escritorio, Carlos N. Passera dispara al corazón del arquitecto que muere en el acto. La razón del conflicto era la mujer de Meano, Luigia Franchini. Passera huye de la escena del crimen. Dos días después, se le notificaba al arquitecto que había ganado el concurso por las obras del Congreso uruguayo. Las obras inconclusas del fallecido, las concluye el ingeniero y arquitecto de origen belga, Jules Dormal, respetando los planos de Meano.

 PREJUICIOS DE LA EPOCA
Para concluir esta sucinta reseña de las circunstancias que rodearon las obras de ejecución del Congreso Nacional, diremos que fue convocada la artista tucumana Lola Mora para producir unas esculturas alegóricas que completaran la imponente fachada del palacio legislativo. La escultora se estableció en un espacio del mismo edificio, en el que instaló su taller e incluso, su vivienda, con entrada por Rivadavia 1836. Las alegorías, esculpidas en mármol de Carrara, de la Paz, la Libertad, la Justicia y el Progreso se implementaron en los flancos de la Entrada de Honor. Pero no tardaron demasiado en suscitar quejas del público conservador que veían las imágenes desnudas como manifestaciones de descaro, por parte de una mujer de vanguardia como la tucumana. Los sobreprecios que implicaron las obras del Congreso sumado a este prejuicio, desencadenaron un fuerte rechazo a las obras de arte que fueron enviadas a un depósito hacia 1915. La artista entonces, donó sus trabajos a la casa de gobierno jujeña y ahí permanecen desde 1927. Pero el 17 de noviembre del 2011, el gobierno kirchnerista descubrió réplicas de las estatuas en sus antiguos emplazamientos, que hizo hacer en un taller de San Martín, mediante moldes digitalizados y copias 3D.


 

LA ISLA DEL DIABLO O EL ÚLTIMO SUEÑO DE  LIBERTAD 

 

“El hurto sólo existe a través de la explotación del hombre por el hombre... cuando la Sociedad te quita tu derecho a existir, tú debes tomarlo... el policía me arrestó en nombre de la Ley, yo lo ataqué en nombre de la Libertad.” .   Clement Duval expresaba en su libro - "Outrage, An anarchist memoir of the penal colony"-  su resentimiento hacia una sociedad a la que había defendido en el quinto batallón de infantería durante la guerra franco-prusiana y que le había dado la espalda cuando fue herido por un mortero y enfermó de viruela. Sin encontrar trabajo y con grandes necesidades, no pudo evitar la tentación de robar, resistir a un policía y huir.

Duval nació en la Segunda República Francesa de Luis Napoleón III, hacia 1850, apenas abolida la esclavitud en las colonias y poco antes del golpe de estado que llevaría al país al Segundo Imperio. Una época de transición, donde la alta burguesía era favorecida por la política a expensas de los sectores subalternos.
Duval fue condenado a muerte, por robar y resistir la autoridad. Pero ante la defensa que llevó a cabo el anarquismo ante su causa, fue ‘ beneficiado’ con presión perpetua y  trabajos forzados en la Isla del Diablo, en la Guyana francesa. En 1887, es embarcado con otros reos en un barco que anticipa el infierno que habría de vivir. Con mínimas celdas donde el aire era irrespirable en la bodega, y en medio de  una total oscuridad plagada de alimañas, con un calor creciente y un único barril de agua por el cual los presos peleaban, gran parte de ellos no sobreviviría el viaje. La crueldad del sistema ante la desobediencia llegaba al extremo cuando ponían en funcionamiento tuberías con vapor caliente dentro de las celdas o cuando los guardias arrojaban palos de sulfuro encendidos en los pequeños agujeros donde estos hombres  apenas sobrellevaban su castigo.


La Isla del Diablo era una isla rocosa cubierta por la selva a 11 kilómetros de la costa de Guyana. En esta isla y otras menores, funcionaba el sistema carcelario francés fundado por Luis Napoleón en 1851 a donde se arrojaba no sólo a asesinos y criminales, también a los enemigos políticos del imperio.  De hecho, desde 1852 a 1938, albergó a más de 80.000 hombres en pésimas condiciones sanitarias. Para ellos, el sueño de alcanzar la libertad era de un altísimo riesgo: implicaba sobrevivir a fuertes corrientes marinas, tiburones y en caso de arribar a tierra firme, sortear la jungla impenetrable sin agua, sin comida y sin ningún medio. Tal vez por eso la vigilancia era escasa y muchos escaparon, muriendo en el intento. Pero si fallaban y eran atrapados, terribles castigos los esperaban. Eran comunes los confinamientos mayores a seis meses en estrechos calabozos en medio de la selva o  los trabajos forzados en terribles condiciones, sin raciones, descalzos, agobiados por el calor, bajo permanentes lloviznas tropicales y atacados por  furiosos mosquitos, que pululaban de día y de noche invadiendo  las celdas donde los presos dormían engrillados a catres de madera. Frente a las frecuentes muertes, sonaba una campana funeraria, se cargaban los cuerpos en carretillas y se los arrojaba al mar, donde eran esperados por los tiburones. A los que cometían falta muy graves, se los ataba a troncos en la selva y se los olvidaba allí, donde morían en  el término de poco tiempo.
Conseguida la ansiada libertad, debían pasar el mismo tiempo de condena en la Guayana francesa donde las condiciones de vida eran extremas y sólo luego de ese lapso de tiempo eran libres. Como era previsible, muchos volvían a delinquir y volvían al infierno del sistema penal colonial francés.
Clement Duval pasó 14 años en estas condiciones, intentando fugarse casi diecisiete veces. Finalmente, hacia 190, logró su cometido junto con otros ocho reos convictos, navegando de noche en una frágil canoa. La mayoría de los fugados no soportaban las duras pruebas que debían enfrentar para lograr su libertad lejos de la Guyana francesa y morían. Los afortunados, alcanzaban  Venezuela –donde eran conocidos como cayeneros- o  Colombia y aún más lejos. Pero Duval, logró llegar a Nueva York, y allí vivió hasta el final de sus días, cuando muere en 1935 a los 85 años. Su triste historia, es recibida como un legado por los anarquistas italianos residentes en Estados Unidos, que publican sus memorias en 1929 en lengua italiana.
A los 87 años de existir, en 1946,  La Isla del Diablo fue clausurada por el gobierno francés como cárcel, algunos presos volvieron a Francia, otros quedaron en Guyana.



Entre las miles de historias desconocidas de las víctimas de este sistema penal, destacan la del médico Pierre Brougat, héroe de la primera guerra mundial, merecedor de la Cruz del Mérito y la Legión de Honor, acusado por un delito político, que pasó cinco años en la la isla infernal hasta que escapó en 1928. Nunca quiso volver a Francia y rechazó el perdón de su gobierno, para instalarse en Juan Griego, en la isla venezolana Margarita, como médico. Fue tan apreciado por los locales, que un busto de él todavía lo recuerda pese a su lejana muerte, ocurrida en 1962.
Otros prisioneros conocidos, como el capitán Alfred Dreyfus que estuvo en la isla entre 1895 a 1899;  René Belbenoit, autor de La Guillotina seca   o Henri Charriere, conocido como Papillon, también dan cuenta de la deshumanización del régimen carcelario francés de Cayena, cuyas instalaciones hoy son invadidas por la selva. 
En sus memorias, Duval describiría al penal en la Isla del Diablo, como: "...Uno de los barrios bajos de Sodoma construída en la sombra de la bien intencionada burguesía de la Tercera República, un tributo a su modesta moralidad y su positiva ciencia penal...".



 

miércoles, 7 de agosto de 2019

TRES MIRADAS SOBRE JUAN MANUEL DE ROSAS, EL HOMBRE.
                         De Rosas y su Tiempo, Selección y prólogo de Waldo Ansaldi (CEAL, 1984)

William Mac Cann, comerciante inglés que llega a Buenos Aires en 1842, y se opone a la política del bloqueo por entender que perjudica al gobierno británico, se encuentra con Rosas en 1847, antes de sus viajes por las provincias de Buenos Aires, Santa Fe, Córdoba y Entre Ríos. Así ve al dictador porteño.

“…En la casa del general  Rosas se conservaban algunos resabios de usos y costumbres medievales. La comida se servía diariamente para todos los que quisieran participar de ella, fueran visitantes o personas extrañas; todos eran bienvenidos. La hija de Rosas presidía la mesa y dos o tres bufones (uno de ellos norteamericano), divertían a los huéspedes con sus chistes y agudezas.  El general Rosas raramente concurría; cuando aparecía por allí, su presencia era señal de alegría y regocijo. En esos momentos se mostraba despreocupado por las cuestiones de gobierno, pero no participaba de la mesa porque hacía una sola comida diaria. La vida de Rosas era de ininterrumpida labor: personalmente despachaba las cuestiones de Estado más nimias y no dejaba ningún asunto  a la resolución de los demás si podía resolverlo por sí mismo. Pasaba, de ordinario, las noches sentado a su mesa de trabajo; a la madrugaba hacía una ligera refacción y se retiraba a descansar. Me dijo una vez doña Manuelita que sus preocupaciones más amargas, provenían del temor de que su padre se acortara la vida  por su extremosa contracción a los negocios públicos…”
“…Desciende el general Rosas de una antigua familia española; su padre era coronel del ejército y él mismo desde temprana edad se sintió inclinado a la milicia. Su natural chocarrero e inclinado a las bromas pesadas y chascos, contribuyó a darle popularidad entre la soldadesca y su influencia personal sobre las milicias se hizo entonces muy considerable, aunque no era más que un subalterno. Como hacendado supo ganarse las voluntades del paisanaje y aventajaba a todos los gauchos en alardes de prontitud y destreza, en domar potros  salvajes y en tirar al lazo, acreditándose también como un excelente administrador de estancias.  Durante toda su carrera se hizo notar siempre por sus cualidades de administrador  y su arte especial para ganarse la simpatía de quienes lo rodeaban, hasta obtener su confianza, así como la segura obediencia de todos aquellos que servían bajo sus órdenes…  ”
“…Mi primera entrevista con el general Rosas tuvo lugar en una de las avenidas de su parque, donde a la sombra de los sauces, discurrimos por algunas horas.  Al anochecer me llevó bajo un emparrado y allí volvió sobre el interminable tema político. Vestía en esta ocasión una chaqueta de marino, pantalones azules y gorra ; llevaba en la mano una larga vara torcida. Su rostro hermoso y rosado, su aspecto macizo (es de temperamento sanguíneo), le daban el aspecto de un gentil hombre de la campaña inglesa. Tiene cinco pies y tres pulgadas de estatura y cincuenta y nueve años de edad. Refiriéndose al lema que llevan todos los ciudadanos : “Viva la Confederación Argentina! Mueran los salvajes unitarios” me dijo que lo había adoptado contra el parecer de los hombres de alta posición social pero que en momentos de excitación popular había servido para economizar muchas vidas; que era un testimonio de confraternidad, y como para afirmarlo, me dio un violento abrazo. La palabra “mueran” expresaba la idea de que los unitarios fueran destruidos como partido político de oposición al gobierno. Era verdad que muchos unitarios habían sido ejecutados, pero solamente porque veinte gotas de sangre, derramadas a tiempo, evitaban el derramamiento de veinte mil. No deseaba, dijo, ser considerado un santo, ni tampoco que se hablara mal de él, ni buscaba ninguna clase de alabanzas…”
“…El trato del general Rosas era tan llano y familiar, que muy luego el visitante se sentía enteramente cómodo frente a él; la facilidad con  que trataba los diversos asuntos, ganaban insensiblemente la confianza de su interlocutor. El extranjero más prevenido, después de apartarse de su presencia, sentía que las maneras de ese hombre eran espontáneas y agradables. Me relató varios episodios de su vida; me dijo que su educación había costado a sus padres unos cien pesos, porque solamente fue a la escuela por espacio de un año: Su maestro solía decirle: “Don Juan, usted no debe hacerse mala sangre por cosas de libros, aprenda a escribir con buena letra, su vida va a pasar en una estancia, no se preocupe mucho por aprender…”

                                                                                                                                


Antonino Reyes, Jefe de la Secretaría y hombre de confianza de Rosas, escribe en su Memoria póstuma, el recuerdo de las jornadas de trabajo, en el que se desprende la imagen de un Rosas casi obsesivo.  

"...El tiempo corrido desde que entré al servicio del general Rosas, y muy cerca de su persona, me da deecho a juzgar al hombre (...) No tenía hora señalada para su despacho; cuando se acababa el día, se dejaba el trabajo y se despachaban los expedientes; generalmente la noche se pasaba en el trabajo. Se llamaban del Ministerios cuatro a seis escribientes cuando estábamos muy apurados. A estos escribientes se les despachaba a las cuatro de la tarde y se les daba a cada uno cinco pesos para ir a comer a la fonda; a los de la oficina nada; éstos comían si no había trabajo, en la mesa general de la familia y si había que hacer no se movían.  A mi jamás me mandaba a comer, Y cuando iba, al momento me llamaba para que hiciese el trabajo que correspondía a los demás. Se comprende el motivo: era que, como él quedaba trabajando no podía estar sólo, pues tenía que hacer copiar lo que escribía. El domingo o día de fiesta , era lo mismo que el día de trabajo. Generalmente, dejaba el trabajo en la madrugada, a veces a las 8 o 9 de la mañana, y lo retomaba a las 3 o 4 de la tarde. Inmediatamente que se despertaba y abría la puerta de su despacho y dormitorio,  si aún yo no había llegado me mandaba llamar y ya empezaba el trabajo (...)"
"   Tengo la convicción que nunca usó en beneficio propio de los dineros del Estado durante su gobierno. Era celoso defensor de los caudales públicos y no permitía que los encargados de la distribución de dineros rindieran cuentas dudosas. Sólo había descanso cuando el general iba a Palermo y nos dejaba en la ciudad y muchas veces al marcharse nos dejaba trabajo.  No había que separarse muucho porque solía llamar de Palermo por algún trabajo urgente. Sabido es que entonces iba a Palermo a respirar después de un largo encierro y allí sólo recibía con gusto a determinadas personas. Allí no estaba el Gobernador, allí era simplemente el ciudadano, era la casa particular donde el servicio y lo que se consumía, era costeado por don Juan Manuel, para lo cual prevenía lo necesario el corredor don Pablo Santillán y era todo pagado con su dinero particular. En estos paseos no molestaba, como él decía, a ningún edecán ni ayudante; llevaba uno o dos ordenanzas y el servicio particular. He odído muchas veces que salía disfrazado. No es cierto; no salía sino de particular, embozado en su capa sin que nadie lo acompañara; algunas veces lo acompañaba yo; sus salidas eran a lo del  doctor Tomás de Anchorena. Otras veces iba sólo, daba una vuelta y volvía después de una hora. La puerta quedaba apretada, sin pasador, y yo en la pieza siguiente..."

                                                                                                                             

Lucio V. Mansilla, por su condición de sobrino de Rosas, tiene un largo, profundo, íntimo coonocimiento de éste. En un retrato en el que predominan los rasgos psicológicos.  (Rozas, Ensayo histórico -psicológico, pp.35-38) dice:

"...Minucioso y pertinaz, resistente y observador, sano y ágil, con poco temperamento para ser libertino y suficientes aspiraciones para anhelar ser independiente (...); habiendo aprendido a montar sin espuelas un potro ensillado, siendo sobrio en el comer y en el beber, y no teniendo ninguno de los otros vicios de la plebe, como el jugar; en otros términos; distinguiéndose por sus cualidades y ocultando el arcano de su alma, que era dominar, no tardó en ser un prestigio en muchas leguas a la redonda. Dueño de estancia, señor de hacienda propia, con buena letra y alguna lectura y el arte difícil de hablarle a cada cual  en su lengua (...)"
"(...)Así este hombre, que había nacido para el trabajo y no para la acción, fue durante larguísimos años un misterio y una mistificación para casi todos, excepto para él mismo.  En las campañas parece campesino y es burgués. En el orden nacional habla de patria y es localista. Nadie atenta contra la América, y él se dice defensor de la santa causa americana. ¡Santa!; tiene la manía de los adjetivos y de los sobrenombres, costumbre gauchesca. No es perversa, árida y fría su alma; es intermitente, ondulante; pudiendo llegar a no enternecerse jamás. No es caprichoso; tiene desarrollada la protuberancia de la continuidad y su frente amplia, lisa, cuadrada, parece hecha para resistir a todo lo que intente inducirlo en otro sentido de lo que es la lógica de su voluntad persistente. Distingue perfectamente los medios, los instrumentos, conoce su fuerza, su eficacia, sabe lo que quiere, sabe que va a un fín, mas no dicierne claramente ese fin, excepto cuando se sale , por decirlo así, de las abstracciones. Su fuerza es pura potencialidad. Saltará sobre un bagual en pelo al pasar, convencido, persuadido, sabiendo que lo dominará; pero donde se detendrá, no le alcanzará, ni quiere alcanzarlo, como si gozara con las fruiciones de un peligro remoto, al través de obstáculos imaginarios. Y no porque sea fantástico, sino porque es diestro. Diríase un navegante que ama las tormentas, no por el espectáculo, sino por la extraña satisfacción de llevar su bajel a un puerto cualquiera, fuera del derrotero indicado por el sentido común. Es un realista desequilibrado; no tiene nociones altruistas; vive demasiado dentro de sí mismo para pensar en los demás. Que piensen ellos en él y lo empujen. Él no pensará en ellos sino cuando sean sus instrumentos pasivos. Tiene todas las energías maternas, le falta su afectividad, su piedad samaritana. Ama las cosas, las almas le son indiferentes. Llorará a un perro, y ocultará las lágrimas de duelo porque no lo crean débil, humano. Es déspota orgánicamente, y más capaz de perdonar al que le tema que al que lo haya desafiado. Creé en Dios y en la Iglesia, pero no respeta los altares..."
"...Fue su esposa doña Encarnación de Ezcurra, y nominalmente y en efecto, la encarnación de aquellas dos almas fue completa. A nadie quizá amó tanto Rozas como a su mujer, y nadie creyó tanto en él como ella; de modo que llegó a ser su brazo derecho, con esa impunidad, habilidad, perspicacia  y doble vista que es peculiar a la organización femenil. Sin ella quizá no vuelve al poder. No era ella la que en ciertos momentos mandaba en los primeros tiempos de su gobierno no,  pero inducía, sugestionaba y una inteligencia perfecta reinaba en aquel hogar, desde el tálamo hasta más allá; hasta donde las opiniones, los gustos, las predilecciones, las simpatías, las antipatías y los intereses comunes debían concordar(...)..."
"...Rozas en los primeros tiempos de su gobierno no vivía aislado. Su aislamiento vino después de la muerte de su mujer. Salía, circulaba; hasta de noche era fácil hallarlo sólo por barrios apartados. Él mismo parece que hacía su policía tomándole el pulso a la ciudad..."

                                                                               
                                                                               
LA MODA A TRAVES DEL TIEMPO EN EL RIO DE LA PLATA

   Al descubrimiento de América, Europa estaba inmersa aún en el movimiento renacentista, que de acuerdo a cada región, tomaba comportamientos peculiares.  La indumentaria, previamente a la revolución industrial,  era tan cara que los ajuares formaban parte de los legados y pasaban de una generación a otra, incluídos en inventarios con descripciones minuciosas y detalladas de las prendas.



España imperial y los Países Bajos, en fuerte vínculo con la Iglesia, adoptaron cierta austeridad y severidad en el vestir, traducida en la elección de colores oscuros y graves y en la preferencia por ocultar el cuerpo de las miradas de otros. Este ocultamiento, que era ley en la época de los Habsburgo,  generó paradójicamente misterio y seducción, y un desarrollo natural de la gracia y la picardía para sostener la atracción física entre sexos. En las colonias españolas, la moda basada en esta cultura se impuso por largo tiempo, forzada por el aislamiento geográfico reforzado por el monopolio comercial.  Como en todas las épocas, el poder adquisitivo se imponía a la hora de elegir el vestuario, los accesorios y las joyas. La gran carga simbólica que implicaba la indumentaria, indicaba el status social de pertenencia.




 Dicho ésto, es importante notar que hasta hace no tanto tiempo, entre la élite y las clases burguesas más o menos acomodadas, se imponía la ropa de mucha calidad , tanto en materiales como en confección. Sedas, lienzos, linos, lanas y lanillas, algodón, en fin, un largo repertorio de telas nobles y naturales devenían en vestidos muy elaborados, bordados, drapeados, vainillados, entretelados, forrados, con alforzas y alforcillas de cuidadosa y muy experta realización.



Así que, desde épocas tempranas y hasta principios del siglo XIX, la burguesía rioplatense vistió muy formalmente y a la usanza española. El hombre usaba trajes cortos con calzones, pelucas, zapatos en punta con grandes hebillas de plata e importantes sombreros. Cubrían el torso con una camisa, chaleco y una casaca con faldones. Sobre este conjunto, una gran capa de paño de lana los defendía de la inclemencia del frío. 
La mujer, llevaba unas tupidas polleras  largas de seda o de lanillas, y por debajo de ellas, enaguas de tafetán muy elaboradas con listones de puntillas y bordados y por debajo el miriñaque, especie de estructura de alambrón que hacían voluminosas las caderas y afinaban las cinturas. Era muy común el jubón, que también marcaba la cintura y levantaba el busto y sobre él, una chaqueta de terciopelo o pana. Así como en México el rebozo era infaltable en el atuendo femenino, la mantilla andaluza en el Rio de la Plata era un elemento que las mujeres manejaban con gracia y encanto, formando parte de su condición femenina a tal punto, que era clave en el momento de la seducción. Otro elemento infalible a la hora de la conquista, el abanico, que merece un capítulo aparte. Los había de gran variedad de materiales y modelos. Las jóvenes debían entrenarse en su manejo pues existía un lenguaje sutil que trasmitían con ellos, y que no podía dejar espacio para los equívocos. Las españolas hicieron una institución del abanico, con el cual podían sostener una comunicación fluída. Las medias de delicada seda, completaban el atuendo textil, los accesorios hacían el resto. Los cabellos se usaban larguísimos, pero trenzados y recogidos con deslumbrantes peinetas que competían en tamaño y elaboración. Zapatos de brocados, sedas, bordados, cuyas capelladas eran confeccionadas por las mismas damas que luego los zapateros armaban a su pedido. Recordemos que las labores de costura y bordado en la sociedad de este tiempo, eran practicadas por las mujeres desde temprana edad.   Esta forma de vestir, era asimilada por los estratos sociales de menos recursos, si bien la posibilidad de éstos se veía muy reducida, como es obvio, en la cantidad y la calidad de la indumentaria. El varón de profesión liberal hacia 1820, vestía con levitas, pantalones, camisa, corbata, galera, guantes y bastón.


El común de la gente, es decir, la mayoría,  vestía como podía. Los esclavos recibían la ropa usada de sus amos, así como la gente de servicio en general. La beneficencia se encargaba de colectar viejas prendas para donar a las instituciones de caridad en medio de grandes festejos. Las criadas y las mujeres del pueblo, usaban un rebozo de bayeta rústica o picote de lana y completaban sus atuendos con amplias faldas y vencidos zapatos usados que frecuentemente no eran de su talle, cuando no andaban descalzas. Para los hombres, las botas de potro cortadas que dejaban los dedos al aire para aferrarse mejor a la montura, el chiripá sobre pantaloncillos largos, los ponchos sobre camisas de algodón, los gorros tubulares completados con pañuelos que cubrían la nuca. Éste era el atuendo típico de los peones, y gente de campo. Cabe destacar que en la actualidad, y paradójicamente,  el picote y el barracán de lana de oveja o de llama, producidos fabrilmente en  el noroeste argentino, se exportan casi en su totalidad para alta costura, considerándose tejidos de gran calidad.

Con la revolución industrial, el abaratamiento de los costos y el contrabando creciente hacia las colonias, se introdujo rápidamente la moda francesa y la confección inglesa, basadas en códigos muy diferentes a los del recato español. La Ilustración y su corolario revolucionario y la liberalidad británica, imponen una estética que prendió rápidamente en una sociedad muy permeable a las influencias europeas. La industria textil inglesa, alejada de los pesados y caros brocatos y damascos de épocas anteriores, se impuso con telas delgadas e insinuantes. Los vestidos talle imperio, ajustados debajo del busto, se impusieron en las colonias con toda naturalidad en la segunda década del siglo XIX, marcando el llamado “medio paso” por la estrechez de vuelo de las faldas, que acortaban el paso.  Collares de perlas, gargantillas, alhajas, piedras, broches, brillantes, eran utilizados con profusión y llamaban la atención sobre el escote.  El abandono de las pelucas dio lugar a la exhibición de los cabellos, recogidos o con bucles, y adornados con flores frescas, alfileres de plata, diademas, peinetas de carey, de nacar o de marfil y cintas de seda. Sobre las peinetas, y sosteniéndolas, se colocaban mantillas o cofias de encajes y puntillas. Para la calle, blusas sobre corsés con mangas anchas y volados, muy trabajadas. Por encima de ellas el jubón, con o sin mangas, y la cotona, que unía el talle delantero y trasero con cintas ajustadas y a veces, sobre éste, el delantal. En las piernas, medias de seda con portaligas a la rodilla.

Los hombres adoptaron primero el sans culotte típico de la moda francesa revolucionaria  y luego se impusieron pantalones anchos ajustados al talle por tiradores. Se abandonaron las pelucas y se difundieron las coletas, Las reuniones sociales demandaban el frac con camisas de telas delicadas, y para la calle la levita ajustada con faldones sobre camisas más gruesas. El bastón constituyó un accesorio infaltable así como la galera, que denotaba prestigio social. Las botas reemplazaron las largas medias.

En el campo, las diferencias sociales eran más difusas. El estanciero adoptó la indumentaria gaucha para sentirse más cómodo al montar, si bien las ropas y los aperos del patrón eran más variados y de mejor calidad que los de los peones. 

                                                  

martes, 6 de agosto de 2019

LAS NOBLES CARRETAS

   Durante siglos, fueron las carretas los medios de transporte empleados como fletes para trasladar mercaderías a cortas, medianas y largas distancias.  La región del Tucumán fue la gran productora de carretas, de ella salían entre 800 y 1000 carretas al año, las maderas más utilizadas eran el olmo, el lapacho, la encina, el urunday, el álamo negro, el fresno o el chopo. El comercio intensivo lo realizaban con el litoral, donde dejaban la mitad de su carga.


Las carretas que se fabricaban eran muy grandes; podían llevar hasta 150 arrobas de mercadería, más su propio peso, el de los aperos y vituallas y el  del carretero, que se calculaba en 50 arrobas más. Doscientas arrobas equivalen a 2270 kilogramos , y éste era el peso que llevaban estos armatostes hechos totalmente de madera y soportados por dos grandes ruedas de hasta tres metros de diámetro de madera dura de lapacho, con diez rayos, un eje de madera de naranjo, y un centro, llamado maza de 50 cm de diámetro. Generalmente seis bueyes tiraban  de estas carretas, pero podían agregarse dos ( llamados cuarteros) o más en momentos en que éstos eran insuficientes por los obstáculos del camino, todos estos animales se uncían a un pértigo o lanza, es decir, una gran viga de lapacho o urunday de más de tres metros, que iba unida a la caja o cajón de la carreta, formada por vigas transversales al pértigo  que formaban el cabezal, es decir,  la estructura de la base. En su extremo, el pértigo tenia una madera de dos metros de largo, donde se ataban los bueyes por la nuca por medio de sogas o coyundas. Las distintas posiciones de los bueyes, también pueden nombrarse, la primera yunta era la tercera o delantera, la segunda yunta era la cuarta del medio y la tercera yunta era la pertiguera. El muchacho o buben consistía en un palo que sostenía la carreta en equilibrio cuando no estaba unida a los bueyes. La caja o cajón estaba coronado por un toldo confeccionado con cueros vacunos cocidos con el pelo hacia afuera, colocado sobre los arcos de la carreta.

Las carretas llevaban un cortejo compuesto muchos caballos, bueyes de reemplazo, y terneros (para disponer de carne fresca), carpinteros para auxiliar en caso de roturas de ruedas u otros inconvenientes. En cuanto a los tiempos y sus costos, un viaje de Buenos Aires a Tucumán realizado por el Camino Real, (antiguo camino a la ciudad del cerro rico de Potosí, hoy Bolivia), demoraba entre 50 y 90 días dependiendo de las condiciones climáticas. Se trataba de 392 leguas (1893 km), con un costo carísimo para la época, 5000 pesos fuertes.


Las paradas de las tropas de carretas  al anochecer cerca de ríos, arroyos o lagunas y abastecimientos de leña, eran un momento de solaz pero a la vez, de cuidado. Las carretas se disponían en círculo y las personas, adentro del círculo y atentas a imprevistos, preparaban fogatas, mateaban u tomaban mates . Caballos siempre ensillados y peones alertas, debían cuidar el ganado y la caballada de extravíos, robos o ataques de animales salvajes. Lo curioso es que llegada la caravana a las ciudades, formaban dichos círculos pero en plazas o huecos, como se los llamaba, y allí organizaban las ferias. Retomando las marchas, se sabe que durante el día, se paraba a las 10 de la mañana con la subida  del sol porque los bueyes se agotan con el calor. Se matan las reses, se asan sus partes y con el sebo se engrasan las mazas de las ruedas. A las 4 de la tarde se continuaba la marcha para volver a detenerse el tiempo suficiente para la cena. Si el clima acompañaba, se uncían los bueyes nuevamente a las once de la noche y se viajaba hasta el amanecer.



 El dueño de quince o más carretas es el tropero, oficio muy respetable en su época. Troperos y carreteros son muy diestros en su trabajo. Los carreteros ofician además de guías según relata Alejandro Gillespie (1806), pues se adelantan y van probando barrancos profundos, cruces peligrosos y otros obstáculos, para elegir los mejores caminos.  Según Xavier Marmier (1850), una caravana compuesta de 10, 15 o 20 carretas, no hace más de cinco o seis leguas por día. El relato del francés, que admira la vida del carretero y queda fascinado con su alma honrada, destaca la escena  que se configura cuando marcha una larga y lenta hilera de carretas por "caminos polvorientos de huellas profundas a través de la llanura desierta". Los comerciantes fletan sus mercancías desde regiones productoras de maderas, frutas o cueros y las remiten a Buenos Aires, que las devuelve con paños, muebles, licores y otras manufacturas europeas. El carretero, llegado a cualquiera de los huecos o plazas de Buenos Aires, acampa allí y descarga y carga las mercancías. Por las noches duermen en sus carretas, muchas veces acompañados de sus mujeres, que atienden la ceba de mate y preparan los viejos calderos y el asado de cordero. Desde las fogatas de los carreteros, sentados en cabezas de vaca y fumando cigarrillos de papel, se escuchan las guitarreadas regadas con caña, y la población baja de los poblados termina compartiendo la alegrías de los acampantes.


  Pero no todos tenían la visión pintoresca y romántica que veían los europeos en la carreta como medio de transporte. Tal vez no es curioso que sea un criollo oriundo de Tucumán,  el que haga la peor de la críticas a la carretería. Domingo Navarro Viola en 1865 fue muy duro cuando expresó: “este maldito vehículo de conducción que tanto tiene atrasada la industria, el comercio y hasta la moral de nuestros pueblos"..."El comercio es apático, porque lo mueven los bueyes y lo estorban hasta los arroyos”.  Con la mejora de los caminos, se redujeron los bueyes a dos. Un innovador, Napoleón Gallo, quiso modernizar a estos mastodontes del transporte, poniéndoles ejes y bujes de hierro, ruedas delgadas con llanta y disminuyendo el maderaje para aminorar el peso, pero no lo logró por la falta de herreros. Luego, en 1876,  no mucho después, llegó el ferrocarril.

               

DE PIRATAS, CORSARIOS, BUCANEROS Y FILIBUSTEROS

PIRATAS y CORSARIOS.

   La piratería es tan antigua como la navegación misma. Las actividades de los piratas se concentraron en distintos puntos del planeta según las épocas. Pero tal vez, la época más lucrativa de esta actividad, estuvo comprendida entre los siglos XVI al XVIII, con especial intensidad durante el gobierno de la reina Isabel de Gran Bretaña.
Esta reina, otorgaba patentes de corso a marineros ansiosos de botines y aventuras, a cambio de que compartieran las ganancias con el reino. Los llamados entonces, corsarios efectuaban este “robo para la Corona” y a cambio eran protegidos por ella, que les brindaba puertos seguros para protegerse y abastecerse.
Los piratas en cambio, actuaban por su cuenta, saqueando poblados, abordando barcos y repartiéndose entre ellos el botín. Pero no podían protegerse en puertos seguros, así que fondeaban en las numerosísimas islas del Caribe, y cuando recibían información de la cercanía de los españoles, se trasladaban a otra isla y allí permanecían.


BUCANEROS o FILIBUSTEROS.

Una modalidad de piratería, más sanguinaria aún, la llevaban a cabo los bucaneros. Estos hombres, que vivían en La Española, eran cazadores y vendedores de carne ahumada -que duraba mucho tiempo-a los barcos que emprendían largos viajes. Los indios arawac les habían enseñado a ahumar en unas parrillas especiales llamadas bucan. Pero estos hombres, pronto vieron las ventajas de dedicarse a la piratería y durante el siglo XVII, se lanzaron al mar en busca de mercancías, tesoros y esclavos, mientras que en tierra atacaron posesiones españolas de ultramar, que saquearon con violencia, pidiendo rescate por los personajes importantes y reduciendo a la esclavitud a los sobrevivientes. Atacaban los domingos a la mañana, cuando la gente iba a Misa y torturaban, para obtener informes sobre los objetos de valor escondidos.
También conocidos como filibusteros, depredaron Mesoamérica y el Caribe cuando se debilitó el poder del imperio español durante el siglo VII. Su base de operaciones estaba en La Española, la isla Tortuga y otras islas vecinas. Se asociaron en la Cofradía de los Hermanos de la Costa, en la cual la propiedad era comunal.

MUJERES PIRATAS.



Si bien los piratas eran hombres en su inmensa mayoría, hubieron sin embargo, dos casos documentados de mujeres pirata. Se trató de Anne Bonny y de Mary Read.
Anne “Boon” Bonny, una irlandesa nacida en 1698, fue la compañera de aventuras de Jack”Calicó”Rackham, un osado y elegante pirata, que solía vestir de calicó, tela de algodón estampada, de allí su apodo. Para huir con su amante, robaron juntos un barco del puerto y durante 4 años abordaron barcos hasta que fueron capturados en 1720. A Jack lo ahorcaron junto a su tripulación, pero a Anne y su amiga Mary Read les perdonaron la vida por estar embarazadas. Luego se pierde el rastro de Anne, pero la tradición dice que murió octogenaria y establecida en Carolina del Sur.
Mary Read, una londinense nacida en 1697, fue condenada por piratear desde 1719 a 1720. Su barco había sido abordado por Jack Calicó . Mary Read, vestida de varón, se hizo amiga íntima de Anne Bonne y desde entonces, Mary se unió a los ladrones del mar. Fue capturada en 1720 y muríó de fiebre un año después.

ALGUNOS FAMOSOS PIRATAS DEL CARIBE.

JEAN FLORIN.

Fue el primer pirata que atacó naves españolas, y lo hizo al servicio del rey de Francia, Francisco I. Nacido probablemente hacia 1485, Jaen Fleury (o Juan Florentino o Juan Florín) era un oficial naval francés y corsario al servicio de Francia, que atacó y saqueó aproximadamente 150 barcos españoles, según confesó al ser capturado. Su mayor botín fue la captura en 1521 del fabuloso tesoro de Moctezuma, que Hernán Cortés había embarcado para España en tres barcos. Se trataba de 58.000 barras de oro. Más tarde, también saqueó un barco que zarpó de Santo Domingo, con 20.000 pesos oro, perlas y otras mercancías. Enviado a expedicionar América, descubrió para Europa la bahía de Hudson y la bahía de Nueva York, y dio cuenta de la existencia de una costa Atlántica en el hemisferio norte. Fleury operaba entre la península Ibérica, las islas Azores y las islas Canarias hasta que cuatro navíos vizcaínos lo embistieron y capturaron. Fue llevado a la Casa de Contratación en Sevilla, y enterado el emperador Carlos I, ordenó colgarlo junto con otros piratas franceses.

BARBANEGRA.

Un pirata histriónico fue el famoso Barbanegra. Edward Teach, tal era su nombre, era excepcionalmente alto y corpulento para la época. Nacido en Inglaterra, desarrolló sus acciones como pirata en el Caribe, asolando las colonias españolas y británicas. Acordó en 1718 con el gobernador Eden de Carolina del Norte, el perdón y la posibilidad de vender en este territorio el producto de sus saqueos, a cambio de una parte del botín. Finalmente murió decapitado por el capitán Maynard. La leyenda trascendió su vida, constituyéndose en el arquetipo del pirata. Usaba una larga barba enrulada, a la que agregaba palillos encendidos al atacar, con lo cual, su aspecto era deliberadamente atemorizante. En Teach's Hole se dice que el fantasma de Barbanegra aún busca su cabeza
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HENRY MORGAN.


Era un bucanero galés, célebre por su ferocidad y su accionar sin escrúpulos, llegó a tener gran poder con cerca de 50 barcos y 3 000 hombres a su servicio. Desde su base en Jamaica, toma y saquea Portobello, usando a los religiosos como escudo humano. Más tarde, atraviesa la selva desde el Atlántico y llega al Pacífico en 1670, para atacar Panamá, que sólo estaba defendida por 400 soldados profesionales y 1700 esclavos y colonos. La ciudad fue arrasada y saqueada, y sus habitantes torturados y muertos, por esta "heroica" acción, el rey Carlos II lo nombró Sir, y lo hizo gobernador de Jamaica en 1674.

FRANCIS DRAKE.

Fue un corsario y traficante de esclavos al servicio de la reina Isabel. Nació hacia 1540 en Devon, hijo de un granjero protestante. A los 13 años, se emplea en un buque mercante. Hacia 1567 lo encontramos traficando negros capturados con su primo, John Hawkins, desde África al Caribe. Perseguido y vencido por los españoles en 1569, debe regresar a Inglaterra. De nuevo en América, y luego de varios fracasos logra capturar un convoy español cargado de oro y plata. Isabel I de Inglaterra que patrocinaba a Drake, no reconoció los actos del pirata ya que no había guerra declarada entre su país y España, pero se benefició grandemente con ellos.  Hacia 1578,  con el portugués Nunho da Silva como piloto experto en la costa americana, Drake llega hasta el Río de la Plata. En Bahía San Julián debe dejar dos embarcaciones por carecer de tripulantes y sigue hasta el estrecho de Magallanes. Lo atacan los indios patagones que diezman sus naves. Logrará escapar en una de ellas, el Pelican, con la cual saquea Valparaíso en Chile, y varios barcos, a su paso por Perú. Subiendo por la costa hacia el norte, llega en 1579 a California. Allí funda un puerto, donde repara y abastece sus naves. Raclama el territorio para la Corona, llamándolo Nueva Albión. Desde allí siguió hacia el norte, buscando el paso que lo llevara hasta el Atlántico. Pero desiste y orienta la proa a las Islas Molucas, rodea el Cabo de Buena Esperanza y alcanza Sierra Leona en julio de 1580. Finalmente, en septiembre de 1580 llega a Inglaterra, con riquezas capturadas a los españoles. Fue recibido con grandiosidad, y nombrado Sir por la reina y pasó a formar parte del parlamento. Como era de esperarse, en 1585 se desata la guerra entre España e Inglaterra, e Isabel le encarga a Drake la hostilización de las colonias americanas. Con este encargo, zarpa en 1585 con 21 naves y 2000 hombres, y se encamina hacia España y ataca Vigo para luego llegar a Lisboa, pero es tal la resistencia que encuentra que vira hacia América, después de saquear las islas Canarias y las de Cabo Verde. Ya en América, toma las ciudades de Santo Domingo por la que pide a los españoles un rescate de 25.000 ducados y que luego incendia. De ahí se dirige a  Cartagena de Indias, por la que pide un rescate de 107.000 ducados. En mayo de 1586 incendia la fortaleza de San Agustín en La Florida y recoge a un centenar de colones ingleses que desean volver a Gran Bretaña, en la isla Raonake.
En 1587 destruye 30 barcos fondeados en Cádiz, que iban a formar parte de la Armada Invencible  y roba la carraca San Felipe que venía con riquezas de las Indias. El año 1588 es el del fracaso de la Armada Invencible española en su intento de invadir Gran Bretaña, pero un año después, es aún más catastrófica la derrota de la Contraarmada o la Invencible inglesa, que pretendía invadir España, y que lideró Drake de manera vergonzosa. Este fracaso está considerado uno de los peores de la historia de Inglaterra. Por seis años se le negó al corsario la comandancia de cualquier expedición naval, hasta que, por su conocimiento de la geografía americana, se le entrega en 1589 el mando de una gran expedición organizada para atacar las colonias  españolas de América. La campaña termina nuevamente en desastre, y entre todos los ingleses que pierden la vida frente a las tropas españolas, figura el mismo Drake, muerto en el Mar Caribe en 1595.
Es interesante notar que, desde el lado inglés, el corsario Drake era un héroe, mientras que para los españoles era un vulgar pirata, un bandolero del mar, protegido por el pabellón inglés. De algo no hay duda, la figura de Drake no deja de ser, hasta el día de hoy, oscura y controvertida.


LA SOCIEDAD PIRATA.


En ella, eran bienvenidos vendedores, artesanos, y todo tipo de gente, la mayoría de ellos renegados de sus propias ciudades de pertenencia. La gente con oficios -médicos y artesanos en general- se integraban con algunas ventajas, sobre todo a la hora de repartir el botín. Pero no eran aceptadas las mujeres europeas, ya que éstas producían conflictos entre los piratas, sólo eran toleradas las mestizas, las indias, las mulatas y las negras. Todos ellos, tenían en común la falta de apego a las leyes sociales y un agudo espíritu aventurero y libertario, además de una gran ambición. El capitán del barco, era elegido por sus hombres pero, para controlar su poder, la tripulación también elegía por votación un contramaestre, que de alguna forma equilibraba el poder del capitán. Está de más decir que el capitán debía ser un hombre excepcional por su conocimientos de navegación y por la experta interpretación de las cartas náuticas, pero a su vez debía demostrar un férreo don de mando para mantener intacto su poder  frente a hombres que normalmente se manifestaban sanguinarios, rebeldes y astutos. Si bien el equilibrio de poderes podía ser precario por momentos, la voz del capitán era la autoridad absoluta en medio de la acción, aunque a la hora del reparto debía respetar fielmente las promesas de porciones del botín hechas antes de zarpar, pues la mentira y la deslealtad eran las peores faltas en el código de valores pirata. Sumado a ésto, cada capitán era una suerte de cuentapropista que debía mantener incentivada a la tripulación con promesas de ganancias y a su vez, asegurarse  de colocar el botín que la mayor parte de las veces consistía en mercancías. Cada hombre cumplía una función específica y sólo era relevado en casos de enfermedad grave. Estos hombres sólo podían poseer su parte del botín y sus efectos personales, todo lo demás era comunal. Gozaban de ciertas libertades, ya que cualquier hombre con barcos y hombres a su disposición podía organizar expediciones. En el imaginario de la época, la vida pirata simbolizaba la libertad total. Pero lo cierto es que las vidas de estos hombres eran cortas, extremadamente duras y azarosas.

ARMAS PIRATAS.






Cañones, culebrinas (cañones pequeños que disparan metralla), pistolas y mosquetes, alfanjes, dagas y hachas, espontones, alabardas, arpones y garfios de abordaje fueron las armas más usadas por los piratas. Perseguían al barco enemigo hasta tenerlo a tiro de cañon, y así dispararle a las velas y desgarrarlas. La idea era no dañar la mercancía de carga del barco, ni al pasaje, ya que por las personas importantes se pedía rescate y el resto, se vendía para trabajo esclavo. El barco atacado quedaba entonces sin capacidad de maniobra y era alcanzado para su abordaje. Se ponían en uso en ese momento los garfios de abordaje, las pistolas y las hachas para romper el resto de las velas y cabos y para la lucha cuerpo a cuerpo se utilizaban las armas blancas cortas como los alfanjes y las dagas. Las armas blancas largas en cambio, se usaban menos, por ser incómodas para el uso en espacios reducidos como la cubierta de un barco. En cuanto a armas como arcabuces y mosquetes, servían para el momento previo a la lucha cuerpo a cuerpo, es decir, el momento del abordaje.

LOS BARCOS PIRATAS Y LOS INSTRUMENTOS DE NAVEGACIÓN.


Estos barcos debían ser livianos, ligeros y maniobrables. Las goletas y bergantines de dos palos, o las fragatas y corbetas de tres palos, con mayor capacidad de carga que las primeras, fueron los más utilizados. Balandros, faluchos, piraguas y embarcaciones pequeñas, con o sin velas, eran ideales para alcanzar las cubiertas de los barcos capturados o las playas. Recordemos que los barcos españoles, galeones, naos y más tarde navíos de línea, fueron barcos con mucha capacidad de carga y enorme poder de fuego, lo cual los hizo más lentos que los utilizados por los piratas. Sin embargo, convoyes de galeones y barcos militares de apoyo, fueron en la práctica invencibles.


La navegación se practicaba con instrumentos ópticos que se basaban fundamentalmente en la observación astronómica. La brújula, construída muchas veces por los mismos capitanes, era indispensable, y para definir latitudes y horarios, se usaban la ballestilla, el reloj de sol o cuadrante solar y el astrolabio (hasta la invención del sextante hacia 1750). Los astros de referencia eran el sol por supuesto, y la estrella polar, que era el gran recurso de los navegantes. El reloj de sol que se usaba en las cubiertas para calcular el tiempo, consistía en un estilo o gnomon sobre una superficie escalada que indicaba la posición del astro y por tanto, la hora del día. El astrolabio, que en griego significa, el buscador de estrellas, era un instrumento muy antiguo que determinaba la hora a partir de la latitud y que permitía medir distancias por triangulación. Pero tal vez la herramienta más valiosa para los piratas, eran las cartas náuticas de españoles y portugueses, que llevaban más de cien años navegando las costas americanas. Por ello, el secuestro de pilotos ibéricos era uno de los objetivos centrales de la piratería.

AGUAS PELIGROSAS.


Las Bahamas fueron durante el siglo XVII refugio de piratas y corsarios. Los Bucaneros actuaban desde La Española y Haití. Las Islas Vírgenes, bajo protección de Gran Bretaña, estaban infestadas de piratas y corsarios. También las Islas Caimán, descubiertas por Colón en 1503, y ocupadas luego por franceses e ingleses que exterminaron a todos los nativos, fueron base de operaciones de los ladrones de mar. Cuando España los expulsa, los piratas se refugian en la Isla Tortuga y La Española. Durante el siglo XVIII, los piratas usaron como guarida Nassau en New Providence, ya que Inglaterra, Francia y Holanda se había puesto de acuerdo en privarlos de su antigua base de operaciones en Jamaica. Las más de 1000 islas caribeñas, resultaban un excelente escondite para los ladrones de mar. Pero en todas las costas americanas había guaridas de piratas, que España constantemente disolvía. Para citar un ejemplo, tan lejos como en el archipiélago Juan Fernandez (hoy chileno) en el Pacífico sur, y a 670 km del continente, había un refugio de ladrones de mar entre los siglos XVII y XVIII. España construyó en 1749, la fortaleza de Santa Bárbara para proteger esta zona, con seis fortines con artillería.
Las islas de Martín García o San Gabriel, frente a la costa de Colonia, fueron también base de ataques piratas en el escenario rioplatense.

DECADENCIA DE LA PIRATERÍA.

Los piratas y corsarios y sus acciones cayeron en desgracia durante el siglo XVIII por varios motivos. Los poblados y aldeas fueron creciendo y fortaleciéndose. Los nuevos barcos imperiales era más ligeros y estaban pertrechados con poderosos cañones, no permitiendo el acercamiento de los piratas. Pero tal vez la sentencia de muerte a la piratería fueron los Tratados de Paz que se hicieron necesarios para evitar las correrías en los mares que entorpecían el tráfico comercial. Recordemos que en Inglaterra se vivían los albores de la expansión económica previa a la revolución industrial y que por este motivo, las condiciones eran sustancialmente diferentes a las del pasado, ahora se requería un escenario marítimo seguro y previsible para facilitar la era de los negocios.
Londres, que antes protegía estas actividades, impone ahora duros castigos para la piratería, que ya no sería tolerada. Así que se ahorcaba a los piratas y sus cuerpos quedaban por días exhibidos en el Támesis. También se dispuso de antiguos barcos de madera desguazados en la entrada de este río que se usaban como prisiones, donde los piratas vivían recluídos en condiciones infrahumanas.

PERO…

La actividad pirateril, no cesó aquí. Los aventureros con esta vocación buscaron botines en las nuevas rutas comerciales que se habían abierto en los mares de China, Japón, India, Indochina o Malasia. Los cargamentos de marfil, seda, especies o maderas preciosas, fueron los nuevos objetivos de los ladrones de mar.


Y EN LA ACTUALIDAD.

En el océano Índico, la piratería existente en las costas de Somalía significó una amenaza latente desde el desarrollo de la guerra civil iniciada que desangró el país en los años 90. La OMI (Organización Marítima Internacional), para proteger el golfo de Adén, el golfo de Omán, el mar Arábigo, el mar Rojo y el océano Índico, organizó la Task Force 150, una coalición naval multinacional. Los piratas somalíes por su parte, eran pescadores artesanales autodenominados en un principio como “Guardia Costera Voluntaria de Somalia”, que en su defensa han denunciado a los verdaderos bandidos del mar que son los pescadores clandestinos que saquean nuestros peces, aludiendo a los barcos pesqueros de países desarrollados y a la contaminación por sustancias radiactivas que sufren por efecto del vertido de esos materiales de desecho en el litoral del país.
Algunas estimaciones calculan que los beneficios de los piratas somalíes en el 2008, llegarían a unos 30 millones de dólares producto de los rescates exigidos, otros aumentan ese número a 80 millones. Estos beneficios alcanzan a las autoridades locales y financian municiones y avituallamiento. Incluso se habría creado una bolsa de valores en la ciudad somalí de Haradhere, según informes del 2009, dedicada a los que deseen obtener ganancias de los asaltos, ya sea de manera directa, participando en un abordaje, u obteniendo dividendos aportando armas o dinero.
El asalto al barco es efectuado sujetándolo con ganchos disparados a manera de proyectil, para después trepar con cuerdas y escaleras. También, a manera de disuasión, los piratas optan por atacar previamente al objetivo para forzarlo a  no moverse y así abordar con facilidad. Para ello cuentan con fusiles AK-47, ametralladoras PKM y lanzacohetes RPG-7. Como la isla de Tortuga, o las Caimás o Jamaica en la antigüedad, el poblado de Eyl se ha convertido en centro de acciones pirateriles, y su población es funcional a esas actividades. El manejo de lenguas extranjeras por ejemplo, es muy lucrativo a la hora de negociar con rehenes, de hecho, se pagan 5000 euros por subirse a un barco para conversar negociaciones de rescate.
Pero los más favorecidos no residen en Somalia. La Cadena Ser de España en mayo de 2009, ha conjeturado que los bandidos recibirían apoyo de inteligencia desde Londres en cuanto a la elección previa de sus presas, lo cual, si ésto pudiera comprobarse,  termina cerrando el círculo y confirmando la nueva modalidad del “robo para la Corona”.

PIRATAS EN EL RIO DE LA PLATA.

   Fueron numerosos los intentos de corsarios y piratas de penetrar en el Río de la Plata y tomar o saquear Buenos Aires, más por su situación estratégica que por sus riquezas. Más allá de la defensa de este puerto por la flora española y las resistencias que impusieron los vecinos, lo cierto fue que el mismo Río de la Plata defendió la ciudad. Para estos navegantes experimentados, la navegación en este río era todo un desafío por sus cambiantes vientos y repentinas sudestadas, así como por sus traicioneras bajantes.
Sin embargo, las condiciones del río eran buenas cuando en 1582, Edward Fenton desvalija a la entrada del río a la fragata del padre Rivadeneyra, que había traído 22 frailes franciscanos a la ciudad, obligando a sus pilotos Juan Perez y Juan Pinto a hacer un amplio reconocimiento de estuario del Plata, aprovechando sus conocimientos del estuario. Una de las naves, la "Francis", encalla y se hunde cerca de la isla Martín García. Era la nave de John Drake, sobrino de Francis Drake, así que éste, con diecisiete hombres más, fueron apresados y esclavizados durante meses por los indios charrúas. Una noche, Drake y dos hombres más, consiguen escapar en una canoa indígena y llegar a remo hasta Buenos Aires. En la ciudad son apresados y enviados a la Audiencia de Lima.   Más tarde, en marzo de 1583, Fenton se enfrenta con las tres naves sobrevivientes de la Armada de Flores Valdés, una de ellas, "Santa María Begoña" es hundida, pero los ingleses registran muchos muertos.
El mismo año de 1583 , el pirata inglés Thomas Cavendish intenta tomar la ciudad de Buenos Aires, pero una fuerte tormenta se lo impide. Tres años después, tres naves piratas toman las dos naves del Obispo de Tucumán, Francisco de Vitoria, que volvían de Brasil.
En marzo de 1607, piratas franceses capturaron a "Nuestra Señora del Buen Viaje", una nave española que protegía la entrada al Río de la Plata. Sin esta protección, asolaron por meses estas aguas, hundiendo naves. El gobernador de Buenos Aires, Hernando Arias de Saavedra, conocido como   Hernandarias, mandó a armar cuatro bergantines para recorrer la costa. Hacia 1628, merodean corsarios holandeses que no pueden acercarse a Buenos Aires por la bajante. En 1658, el pirata francés Timoleón de Osmat, caballero de la Fontaine, intenta tomar la ciudad, desembarcando en la costa, pero fue rechazado y muerto por los vecinos. Su nave "La Marechale" fue capturada y fueron destruídas otras dos por la nave española "La Agueda" que las persiguió y combatió en el río.
En 1697 un nuevo intento francés, esta vez con cinco naves, es frustrado por una gran tormenta. Dos años después los daneses atacan Buenos Aires y son repelidos por el vecindario. Hacia 1720, el gobernador Bruno Mauricio de Zabala derrota y mata al pirata francés Esteban Moreau y en 1726, funda el puerto de Montevideo, en el que fondearon las naves de guerra españolas que patrullaban la entrada del estuario. De esta manera, la ciudad de Buenos Aires quedó protegida de futuros ataques.





UN CORSARIO ARGENTINO: HIPOLITO BOUCHARD.


Nació en Francia, en 1780. Desde temprano embarcado, lucha contra los ingleses y luego realiza campañas por Egipto y Haití. Llega a Buenos Aires en 1809, y enseguida simpatiza con la revolución, ya que es antimonárquico radical. Hacia 1810 es nombrado segundo comandante de la flota argentina, comandada por Juan Bautista Azopardo. Realiza varias acciones y en premio por ellas se le otorga la ciudadanía. Más tarde inicia varias campañas de saqueo de las costas del Pacífico -con poca suerte-, bajo las órdenes de Guillermo Brown. Rearma y pertrecha la fragata "Consecuencia" y la rebautiza "Argentina". Con ella inicia dos años-1817 a 1819- de acciones como corsario rioplatense, en los que sortea todo tipo de peripecias mientras da la vuelta al mundo. Entre estas acciones, enfrenta trece batallas navales, hunde ventiseis barcos y decomisa cuatro barcos negreros ingleses y estadounidenses, liberando a la población negra cautiva, entre otras acciones. Pero sus acciones sobre todo apuntan a los españoles, a quienes ataca sin piedad. Ya anclado en Valparaíso, se le recriminan sus actos de piratería y su crueldad para con los vencidos, muchos de los cuales eran pueblos misioneros californianos habitados por familias españolas a las que impiadosamente exterminó. Con esos argumentos, se decomisó su carga y se desmantelaron parcialmente sus barcos. Se unió entonces a la campaña de San Martín en Perú, y éste lo nombró jefe de la flota peruana en 1829. El gobierno peruano lo premia con dos haciendas, que habían sido fundos jesuitas ubicados en Nazca, el de San José del Ingenio, y el de San Javier, ex-propiedades ambos del Colegio Jesuita del Cusco a partir de la expulsión en 1767. Hacia 1828, ya en tiempos  republicanos, el Congreso peruano las cede al corsario argentino. En ellas, Bouchard funda el gran ingenio que nombra "La Buena Suerte" y vive allí como hacendado durante 13 años, olvidando a su esposa porteña, Norberta Merlo, casada con él en 1812 y a sus dos hijas, Carmen y Fermina Bouchard en Buenos Aires. Pero la suerte no sería eterna por el marino aventurero, pues muere asesinado por sus esclavos, cansados de sus malos tratos. Luego de un severo castigo a uno de sus sirvientes en enero de 1837, los otros, liderados por el afroanasqueño Adelfo Bernales lo atacaron y ya en el suelo, lo degollaron de un machetazo. Se dice incluso, que Bernales luego, violó a la amante del marino. El acta de defunción lleva como fecha el 6 de enero de 1837.
   En junio de 1962 se encontraron en la cripta de la Iglesia, otrora jesuita, de San Javier, sus restos identificados como H.B. y un mes después se repatriaron a cargo conjunto de las Armadas argentina y peruana. Hoy descansan en el panteón naval de la Recoleta.