miércoles, 7 de agosto de 2019

TRES MIRADAS SOBRE JUAN MANUEL DE ROSAS, EL HOMBRE.
                         De Rosas y su Tiempo, Selección y prólogo de Waldo Ansaldi (CEAL, 1984)

William Mac Cann, comerciante inglés que llega a Buenos Aires en 1842, y se opone a la política del bloqueo por entender que perjudica al gobierno británico, se encuentra con Rosas en 1847, antes de sus viajes por las provincias de Buenos Aires, Santa Fe, Córdoba y Entre Ríos. Así ve al dictador porteño.

“…En la casa del general  Rosas se conservaban algunos resabios de usos y costumbres medievales. La comida se servía diariamente para todos los que quisieran participar de ella, fueran visitantes o personas extrañas; todos eran bienvenidos. La hija de Rosas presidía la mesa y dos o tres bufones (uno de ellos norteamericano), divertían a los huéspedes con sus chistes y agudezas.  El general Rosas raramente concurría; cuando aparecía por allí, su presencia era señal de alegría y regocijo. En esos momentos se mostraba despreocupado por las cuestiones de gobierno, pero no participaba de la mesa porque hacía una sola comida diaria. La vida de Rosas era de ininterrumpida labor: personalmente despachaba las cuestiones de Estado más nimias y no dejaba ningún asunto  a la resolución de los demás si podía resolverlo por sí mismo. Pasaba, de ordinario, las noches sentado a su mesa de trabajo; a la madrugaba hacía una ligera refacción y se retiraba a descansar. Me dijo una vez doña Manuelita que sus preocupaciones más amargas, provenían del temor de que su padre se acortara la vida  por su extremosa contracción a los negocios públicos…”
“…Desciende el general Rosas de una antigua familia española; su padre era coronel del ejército y él mismo desde temprana edad se sintió inclinado a la milicia. Su natural chocarrero e inclinado a las bromas pesadas y chascos, contribuyó a darle popularidad entre la soldadesca y su influencia personal sobre las milicias se hizo entonces muy considerable, aunque no era más que un subalterno. Como hacendado supo ganarse las voluntades del paisanaje y aventajaba a todos los gauchos en alardes de prontitud y destreza, en domar potros  salvajes y en tirar al lazo, acreditándose también como un excelente administrador de estancias.  Durante toda su carrera se hizo notar siempre por sus cualidades de administrador  y su arte especial para ganarse la simpatía de quienes lo rodeaban, hasta obtener su confianza, así como la segura obediencia de todos aquellos que servían bajo sus órdenes…  ”
“…Mi primera entrevista con el general Rosas tuvo lugar en una de las avenidas de su parque, donde a la sombra de los sauces, discurrimos por algunas horas.  Al anochecer me llevó bajo un emparrado y allí volvió sobre el interminable tema político. Vestía en esta ocasión una chaqueta de marino, pantalones azules y gorra ; llevaba en la mano una larga vara torcida. Su rostro hermoso y rosado, su aspecto macizo (es de temperamento sanguíneo), le daban el aspecto de un gentil hombre de la campaña inglesa. Tiene cinco pies y tres pulgadas de estatura y cincuenta y nueve años de edad. Refiriéndose al lema que llevan todos los ciudadanos : “Viva la Confederación Argentina! Mueran los salvajes unitarios” me dijo que lo había adoptado contra el parecer de los hombres de alta posición social pero que en momentos de excitación popular había servido para economizar muchas vidas; que era un testimonio de confraternidad, y como para afirmarlo, me dio un violento abrazo. La palabra “mueran” expresaba la idea de que los unitarios fueran destruidos como partido político de oposición al gobierno. Era verdad que muchos unitarios habían sido ejecutados, pero solamente porque veinte gotas de sangre, derramadas a tiempo, evitaban el derramamiento de veinte mil. No deseaba, dijo, ser considerado un santo, ni tampoco que se hablara mal de él, ni buscaba ninguna clase de alabanzas…”
“…El trato del general Rosas era tan llano y familiar, que muy luego el visitante se sentía enteramente cómodo frente a él; la facilidad con  que trataba los diversos asuntos, ganaban insensiblemente la confianza de su interlocutor. El extranjero más prevenido, después de apartarse de su presencia, sentía que las maneras de ese hombre eran espontáneas y agradables. Me relató varios episodios de su vida; me dijo que su educación había costado a sus padres unos cien pesos, porque solamente fue a la escuela por espacio de un año: Su maestro solía decirle: “Don Juan, usted no debe hacerse mala sangre por cosas de libros, aprenda a escribir con buena letra, su vida va a pasar en una estancia, no se preocupe mucho por aprender…”

                                                                                                                                


Antonino Reyes, Jefe de la Secretaría y hombre de confianza de Rosas, escribe en su Memoria póstuma, el recuerdo de las jornadas de trabajo, en el que se desprende la imagen de un Rosas casi obsesivo.  

"...El tiempo corrido desde que entré al servicio del general Rosas, y muy cerca de su persona, me da deecho a juzgar al hombre (...) No tenía hora señalada para su despacho; cuando se acababa el día, se dejaba el trabajo y se despachaban los expedientes; generalmente la noche se pasaba en el trabajo. Se llamaban del Ministerios cuatro a seis escribientes cuando estábamos muy apurados. A estos escribientes se les despachaba a las cuatro de la tarde y se les daba a cada uno cinco pesos para ir a comer a la fonda; a los de la oficina nada; éstos comían si no había trabajo, en la mesa general de la familia y si había que hacer no se movían.  A mi jamás me mandaba a comer, Y cuando iba, al momento me llamaba para que hiciese el trabajo que correspondía a los demás. Se comprende el motivo: era que, como él quedaba trabajando no podía estar sólo, pues tenía que hacer copiar lo que escribía. El domingo o día de fiesta , era lo mismo que el día de trabajo. Generalmente, dejaba el trabajo en la madrugada, a veces a las 8 o 9 de la mañana, y lo retomaba a las 3 o 4 de la tarde. Inmediatamente que se despertaba y abría la puerta de su despacho y dormitorio,  si aún yo no había llegado me mandaba llamar y ya empezaba el trabajo (...)"
"   Tengo la convicción que nunca usó en beneficio propio de los dineros del Estado durante su gobierno. Era celoso defensor de los caudales públicos y no permitía que los encargados de la distribución de dineros rindieran cuentas dudosas. Sólo había descanso cuando el general iba a Palermo y nos dejaba en la ciudad y muchas veces al marcharse nos dejaba trabajo.  No había que separarse muucho porque solía llamar de Palermo por algún trabajo urgente. Sabido es que entonces iba a Palermo a respirar después de un largo encierro y allí sólo recibía con gusto a determinadas personas. Allí no estaba el Gobernador, allí era simplemente el ciudadano, era la casa particular donde el servicio y lo que se consumía, era costeado por don Juan Manuel, para lo cual prevenía lo necesario el corredor don Pablo Santillán y era todo pagado con su dinero particular. En estos paseos no molestaba, como él decía, a ningún edecán ni ayudante; llevaba uno o dos ordenanzas y el servicio particular. He odído muchas veces que salía disfrazado. No es cierto; no salía sino de particular, embozado en su capa sin que nadie lo acompañara; algunas veces lo acompañaba yo; sus salidas eran a lo del  doctor Tomás de Anchorena. Otras veces iba sólo, daba una vuelta y volvía después de una hora. La puerta quedaba apretada, sin pasador, y yo en la pieza siguiente..."

                                                                                                                             

Lucio V. Mansilla, por su condición de sobrino de Rosas, tiene un largo, profundo, íntimo coonocimiento de éste. En un retrato en el que predominan los rasgos psicológicos.  (Rozas, Ensayo histórico -psicológico, pp.35-38) dice:

"...Minucioso y pertinaz, resistente y observador, sano y ágil, con poco temperamento para ser libertino y suficientes aspiraciones para anhelar ser independiente (...); habiendo aprendido a montar sin espuelas un potro ensillado, siendo sobrio en el comer y en el beber, y no teniendo ninguno de los otros vicios de la plebe, como el jugar; en otros términos; distinguiéndose por sus cualidades y ocultando el arcano de su alma, que era dominar, no tardó en ser un prestigio en muchas leguas a la redonda. Dueño de estancia, señor de hacienda propia, con buena letra y alguna lectura y el arte difícil de hablarle a cada cual  en su lengua (...)"
"(...)Así este hombre, que había nacido para el trabajo y no para la acción, fue durante larguísimos años un misterio y una mistificación para casi todos, excepto para él mismo.  En las campañas parece campesino y es burgués. En el orden nacional habla de patria y es localista. Nadie atenta contra la América, y él se dice defensor de la santa causa americana. ¡Santa!; tiene la manía de los adjetivos y de los sobrenombres, costumbre gauchesca. No es perversa, árida y fría su alma; es intermitente, ondulante; pudiendo llegar a no enternecerse jamás. No es caprichoso; tiene desarrollada la protuberancia de la continuidad y su frente amplia, lisa, cuadrada, parece hecha para resistir a todo lo que intente inducirlo en otro sentido de lo que es la lógica de su voluntad persistente. Distingue perfectamente los medios, los instrumentos, conoce su fuerza, su eficacia, sabe lo que quiere, sabe que va a un fín, mas no dicierne claramente ese fin, excepto cuando se sale , por decirlo así, de las abstracciones. Su fuerza es pura potencialidad. Saltará sobre un bagual en pelo al pasar, convencido, persuadido, sabiendo que lo dominará; pero donde se detendrá, no le alcanzará, ni quiere alcanzarlo, como si gozara con las fruiciones de un peligro remoto, al través de obstáculos imaginarios. Y no porque sea fantástico, sino porque es diestro. Diríase un navegante que ama las tormentas, no por el espectáculo, sino por la extraña satisfacción de llevar su bajel a un puerto cualquiera, fuera del derrotero indicado por el sentido común. Es un realista desequilibrado; no tiene nociones altruistas; vive demasiado dentro de sí mismo para pensar en los demás. Que piensen ellos en él y lo empujen. Él no pensará en ellos sino cuando sean sus instrumentos pasivos. Tiene todas las energías maternas, le falta su afectividad, su piedad samaritana. Ama las cosas, las almas le son indiferentes. Llorará a un perro, y ocultará las lágrimas de duelo porque no lo crean débil, humano. Es déspota orgánicamente, y más capaz de perdonar al que le tema que al que lo haya desafiado. Creé en Dios y en la Iglesia, pero no respeta los altares..."
"...Fue su esposa doña Encarnación de Ezcurra, y nominalmente y en efecto, la encarnación de aquellas dos almas fue completa. A nadie quizá amó tanto Rozas como a su mujer, y nadie creyó tanto en él como ella; de modo que llegó a ser su brazo derecho, con esa impunidad, habilidad, perspicacia  y doble vista que es peculiar a la organización femenil. Sin ella quizá no vuelve al poder. No era ella la que en ciertos momentos mandaba en los primeros tiempos de su gobierno no,  pero inducía, sugestionaba y una inteligencia perfecta reinaba en aquel hogar, desde el tálamo hasta más allá; hasta donde las opiniones, los gustos, las predilecciones, las simpatías, las antipatías y los intereses comunes debían concordar(...)..."
"...Rozas en los primeros tiempos de su gobierno no vivía aislado. Su aislamiento vino después de la muerte de su mujer. Salía, circulaba; hasta de noche era fácil hallarlo sólo por barrios apartados. Él mismo parece que hacía su policía tomándole el pulso a la ciudad..."

                                                                               
                                                                               
LA MODA A TRAVES DEL TIEMPO EN EL RIO DE LA PLATA

   Al descubrimiento de América, Europa estaba inmersa aún en el movimiento renacentista, que de acuerdo a cada región, tomaba comportamientos peculiares.  La indumentaria, previamente a la revolución industrial,  era tan cara que los ajuares formaban parte de los legados y pasaban de una generación a otra, incluídos en inventarios con descripciones minuciosas y detalladas de las prendas.



España imperial y los Países Bajos, en fuerte vínculo con la Iglesia, adoptaron cierta austeridad y severidad en el vestir, traducida en la elección de colores oscuros y graves y en la preferencia por ocultar el cuerpo de las miradas de otros. Este ocultamiento, que era ley en la época de los Habsburgo,  generó paradójicamente misterio y seducción, y un desarrollo natural de la gracia y la picardía para sostener la atracción física entre sexos. En las colonias españolas, la moda basada en esta cultura se impuso por largo tiempo, forzada por el aislamiento geográfico reforzado por el monopolio comercial.  Como en todas las épocas, el poder adquisitivo se imponía a la hora de elegir el vestuario, los accesorios y las joyas. La gran carga simbólica que implicaba la indumentaria, indicaba el status social de pertenencia.




 Dicho ésto, es importante notar que hasta hace no tanto tiempo, entre la élite y las clases burguesas más o menos acomodadas, se imponía la ropa de mucha calidad , tanto en materiales como en confección. Sedas, lienzos, linos, lanas y lanillas, algodón, en fin, un largo repertorio de telas nobles y naturales devenían en vestidos muy elaborados, bordados, drapeados, vainillados, entretelados, forrados, con alforzas y alforcillas de cuidadosa y muy experta realización.



Así que, desde épocas tempranas y hasta principios del siglo XIX, la burguesía rioplatense vistió muy formalmente y a la usanza española. El hombre usaba trajes cortos con calzones, pelucas, zapatos en punta con grandes hebillas de plata e importantes sombreros. Cubrían el torso con una camisa, chaleco y una casaca con faldones. Sobre este conjunto, una gran capa de paño de lana los defendía de la inclemencia del frío. 
La mujer, llevaba unas tupidas polleras  largas de seda o de lanillas, y por debajo de ellas, enaguas de tafetán muy elaboradas con listones de puntillas y bordados y por debajo el miriñaque, especie de estructura de alambrón que hacían voluminosas las caderas y afinaban las cinturas. Era muy común el jubón, que también marcaba la cintura y levantaba el busto y sobre él, una chaqueta de terciopelo o pana. Así como en México el rebozo era infaltable en el atuendo femenino, la mantilla andaluza en el Rio de la Plata era un elemento que las mujeres manejaban con gracia y encanto, formando parte de su condición femenina a tal punto, que era clave en el momento de la seducción. Otro elemento infalible a la hora de la conquista, el abanico, que merece un capítulo aparte. Los había de gran variedad de materiales y modelos. Las jóvenes debían entrenarse en su manejo pues existía un lenguaje sutil que trasmitían con ellos, y que no podía dejar espacio para los equívocos. Las españolas hicieron una institución del abanico, con el cual podían sostener una comunicación fluída. Las medias de delicada seda, completaban el atuendo textil, los accesorios hacían el resto. Los cabellos se usaban larguísimos, pero trenzados y recogidos con deslumbrantes peinetas que competían en tamaño y elaboración. Zapatos de brocados, sedas, bordados, cuyas capelladas eran confeccionadas por las mismas damas que luego los zapateros armaban a su pedido. Recordemos que las labores de costura y bordado en la sociedad de este tiempo, eran practicadas por las mujeres desde temprana edad.   Esta forma de vestir, era asimilada por los estratos sociales de menos recursos, si bien la posibilidad de éstos se veía muy reducida, como es obvio, en la cantidad y la calidad de la indumentaria. El varón de profesión liberal hacia 1820, vestía con levitas, pantalones, camisa, corbata, galera, guantes y bastón.


El común de la gente, es decir, la mayoría,  vestía como podía. Los esclavos recibían la ropa usada de sus amos, así como la gente de servicio en general. La beneficencia se encargaba de colectar viejas prendas para donar a las instituciones de caridad en medio de grandes festejos. Las criadas y las mujeres del pueblo, usaban un rebozo de bayeta rústica o picote de lana y completaban sus atuendos con amplias faldas y vencidos zapatos usados que frecuentemente no eran de su talle, cuando no andaban descalzas. Para los hombres, las botas de potro cortadas que dejaban los dedos al aire para aferrarse mejor a la montura, el chiripá sobre pantaloncillos largos, los ponchos sobre camisas de algodón, los gorros tubulares completados con pañuelos que cubrían la nuca. Éste era el atuendo típico de los peones, y gente de campo. Cabe destacar que en la actualidad, y paradójicamente,  el picote y el barracán de lana de oveja o de llama, producidos fabrilmente en  el noroeste argentino, se exportan casi en su totalidad para alta costura, considerándose tejidos de gran calidad.

Con la revolución industrial, el abaratamiento de los costos y el contrabando creciente hacia las colonias, se introdujo rápidamente la moda francesa y la confección inglesa, basadas en códigos muy diferentes a los del recato español. La Ilustración y su corolario revolucionario y la liberalidad británica, imponen una estética que prendió rápidamente en una sociedad muy permeable a las influencias europeas. La industria textil inglesa, alejada de los pesados y caros brocatos y damascos de épocas anteriores, se impuso con telas delgadas e insinuantes. Los vestidos talle imperio, ajustados debajo del busto, se impusieron en las colonias con toda naturalidad en la segunda década del siglo XIX, marcando el llamado “medio paso” por la estrechez de vuelo de las faldas, que acortaban el paso.  Collares de perlas, gargantillas, alhajas, piedras, broches, brillantes, eran utilizados con profusión y llamaban la atención sobre el escote.  El abandono de las pelucas dio lugar a la exhibición de los cabellos, recogidos o con bucles, y adornados con flores frescas, alfileres de plata, diademas, peinetas de carey, de nacar o de marfil y cintas de seda. Sobre las peinetas, y sosteniéndolas, se colocaban mantillas o cofias de encajes y puntillas. Para la calle, blusas sobre corsés con mangas anchas y volados, muy trabajadas. Por encima de ellas el jubón, con o sin mangas, y la cotona, que unía el talle delantero y trasero con cintas ajustadas y a veces, sobre éste, el delantal. En las piernas, medias de seda con portaligas a la rodilla.

Los hombres adoptaron primero el sans culotte típico de la moda francesa revolucionaria  y luego se impusieron pantalones anchos ajustados al talle por tiradores. Se abandonaron las pelucas y se difundieron las coletas, Las reuniones sociales demandaban el frac con camisas de telas delicadas, y para la calle la levita ajustada con faldones sobre camisas más gruesas. El bastón constituyó un accesorio infaltable así como la galera, que denotaba prestigio social. Las botas reemplazaron las largas medias.

En el campo, las diferencias sociales eran más difusas. El estanciero adoptó la indumentaria gaucha para sentirse más cómodo al montar, si bien las ropas y los aperos del patrón eran más variados y de mejor calidad que los de los peones. 

                                                  

martes, 6 de agosto de 2019

LAS NOBLES CARRETAS

   Durante siglos, fueron las carretas los medios de transporte empleados como fletes para trasladar mercaderías a cortas, medianas y largas distancias.  La región del Tucumán fue la gran productora de carretas, de ella salían entre 800 y 1000 carretas al año, las maderas más utilizadas eran el olmo, el lapacho, la encina, el urunday, el álamo negro, el fresno o el chopo. El comercio intensivo lo realizaban con el litoral, donde dejaban la mitad de su carga.


Las carretas que se fabricaban eran muy grandes; podían llevar hasta 150 arrobas de mercadería, más su propio peso, el de los aperos y vituallas y el  del carretero, que se calculaba en 50 arrobas más. Doscientas arrobas equivalen a 2270 kilogramos , y éste era el peso que llevaban estos armatostes hechos totalmente de madera y soportados por dos grandes ruedas de hasta tres metros de diámetro de madera dura de lapacho, con diez rayos, un eje de madera de naranjo, y un centro, llamado maza de 50 cm de diámetro. Generalmente seis bueyes tiraban  de estas carretas, pero podían agregarse dos ( llamados cuarteros) o más en momentos en que éstos eran insuficientes por los obstáculos del camino, todos estos animales se uncían a un pértigo o lanza, es decir, una gran viga de lapacho o urunday de más de tres metros, que iba unida a la caja o cajón de la carreta, formada por vigas transversales al pértigo  que formaban el cabezal, es decir,  la estructura de la base. En su extremo, el pértigo tenia una madera de dos metros de largo, donde se ataban los bueyes por la nuca por medio de sogas o coyundas. Las distintas posiciones de los bueyes, también pueden nombrarse, la primera yunta era la tercera o delantera, la segunda yunta era la cuarta del medio y la tercera yunta era la pertiguera. El muchacho o buben consistía en un palo que sostenía la carreta en equilibrio cuando no estaba unida a los bueyes. La caja o cajón estaba coronado por un toldo confeccionado con cueros vacunos cocidos con el pelo hacia afuera, colocado sobre los arcos de la carreta.

Las carretas llevaban un cortejo compuesto muchos caballos, bueyes de reemplazo, y terneros (para disponer de carne fresca), carpinteros para auxiliar en caso de roturas de ruedas u otros inconvenientes. En cuanto a los tiempos y sus costos, un viaje de Buenos Aires a Tucumán realizado por el Camino Real, (antiguo camino a la ciudad del cerro rico de Potosí, hoy Bolivia), demoraba entre 50 y 90 días dependiendo de las condiciones climáticas. Se trataba de 392 leguas (1893 km), con un costo carísimo para la época, 5000 pesos fuertes.


Las paradas de las tropas de carretas  al anochecer cerca de ríos, arroyos o lagunas y abastecimientos de leña, eran un momento de solaz pero a la vez, de cuidado. Las carretas se disponían en círculo y las personas, adentro del círculo y atentas a imprevistos, preparaban fogatas, mateaban u tomaban mates . Caballos siempre ensillados y peones alertas, debían cuidar el ganado y la caballada de extravíos, robos o ataques de animales salvajes. Lo curioso es que llegada la caravana a las ciudades, formaban dichos círculos pero en plazas o huecos, como se los llamaba, y allí organizaban las ferias. Retomando las marchas, se sabe que durante el día, se paraba a las 10 de la mañana con la subida  del sol porque los bueyes se agotan con el calor. Se matan las reses, se asan sus partes y con el sebo se engrasan las mazas de las ruedas. A las 4 de la tarde se continuaba la marcha para volver a detenerse el tiempo suficiente para la cena. Si el clima acompañaba, se uncían los bueyes nuevamente a las once de la noche y se viajaba hasta el amanecer.



 El dueño de quince o más carretas es el tropero, oficio muy respetable en su época. Troperos y carreteros son muy diestros en su trabajo. Los carreteros ofician además de guías según relata Alejandro Gillespie (1806), pues se adelantan y van probando barrancos profundos, cruces peligrosos y otros obstáculos, para elegir los mejores caminos.  Según Xavier Marmier (1850), una caravana compuesta de 10, 15 o 20 carretas, no hace más de cinco o seis leguas por día. El relato del francés, que admira la vida del carretero y queda fascinado con su alma honrada, destaca la escena  que se configura cuando marcha una larga y lenta hilera de carretas por "caminos polvorientos de huellas profundas a través de la llanura desierta". Los comerciantes fletan sus mercancías desde regiones productoras de maderas, frutas o cueros y las remiten a Buenos Aires, que las devuelve con paños, muebles, licores y otras manufacturas europeas. El carretero, llegado a cualquiera de los huecos o plazas de Buenos Aires, acampa allí y descarga y carga las mercancías. Por las noches duermen en sus carretas, muchas veces acompañados de sus mujeres, que atienden la ceba de mate y preparan los viejos calderos y el asado de cordero. Desde las fogatas de los carreteros, sentados en cabezas de vaca y fumando cigarrillos de papel, se escuchan las guitarreadas regadas con caña, y la población baja de los poblados termina compartiendo la alegrías de los acampantes.


  Pero no todos tenían la visión pintoresca y romántica que veían los europeos en la carreta como medio de transporte. Tal vez no es curioso que sea un criollo oriundo de Tucumán,  el que haga la peor de la críticas a la carretería. Domingo Navarro Viola en 1865 fue muy duro cuando expresó: “este maldito vehículo de conducción que tanto tiene atrasada la industria, el comercio y hasta la moral de nuestros pueblos"..."El comercio es apático, porque lo mueven los bueyes y lo estorban hasta los arroyos”.  Con la mejora de los caminos, se redujeron los bueyes a dos. Un innovador, Napoleón Gallo, quiso modernizar a estos mastodontes del transporte, poniéndoles ejes y bujes de hierro, ruedas delgadas con llanta y disminuyendo el maderaje para aminorar el peso, pero no lo logró por la falta de herreros. Luego, en 1876,  no mucho después, llegó el ferrocarril.

               

DE PIRATAS, CORSARIOS, BUCANEROS Y FILIBUSTEROS

PIRATAS y CORSARIOS.

   La piratería es tan antigua como la navegación misma. Las actividades de los piratas se concentraron en distintos puntos del planeta según las épocas. Pero tal vez, la época más lucrativa de esta actividad, estuvo comprendida entre los siglos XVI al XVIII, con especial intensidad durante el gobierno de la reina Isabel de Gran Bretaña.
Esta reina, otorgaba patentes de corso a marineros ansiosos de botines y aventuras, a cambio de que compartieran las ganancias con el reino. Los llamados entonces, corsarios efectuaban este “robo para la Corona” y a cambio eran protegidos por ella, que les brindaba puertos seguros para protegerse y abastecerse.
Los piratas en cambio, actuaban por su cuenta, saqueando poblados, abordando barcos y repartiéndose entre ellos el botín. Pero no podían protegerse en puertos seguros, así que fondeaban en las numerosísimas islas del Caribe, y cuando recibían información de la cercanía de los españoles, se trasladaban a otra isla y allí permanecían.


BUCANEROS o FILIBUSTEROS.

Una modalidad de piratería, más sanguinaria aún, la llevaban a cabo los bucaneros. Estos hombres, que vivían en La Española, eran cazadores y vendedores de carne ahumada -que duraba mucho tiempo-a los barcos que emprendían largos viajes. Los indios arawac les habían enseñado a ahumar en unas parrillas especiales llamadas bucan. Pero estos hombres, pronto vieron las ventajas de dedicarse a la piratería y durante el siglo XVII, se lanzaron al mar en busca de mercancías, tesoros y esclavos, mientras que en tierra atacaron posesiones españolas de ultramar, que saquearon con violencia, pidiendo rescate por los personajes importantes y reduciendo a la esclavitud a los sobrevivientes. Atacaban los domingos a la mañana, cuando la gente iba a Misa y torturaban, para obtener informes sobre los objetos de valor escondidos.
También conocidos como filibusteros, depredaron Mesoamérica y el Caribe cuando se debilitó el poder del imperio español durante el siglo VII. Su base de operaciones estaba en La Española, la isla Tortuga y otras islas vecinas. Se asociaron en la Cofradía de los Hermanos de la Costa, en la cual la propiedad era comunal.

MUJERES PIRATAS.



Si bien los piratas eran hombres en su inmensa mayoría, hubieron sin embargo, dos casos documentados de mujeres pirata. Se trató de Anne Bonny y de Mary Read.
Anne “Boon” Bonny, una irlandesa nacida en 1698, fue la compañera de aventuras de Jack”Calicó”Rackham, un osado y elegante pirata, que solía vestir de calicó, tela de algodón estampada, de allí su apodo. Para huir con su amante, robaron juntos un barco del puerto y durante 4 años abordaron barcos hasta que fueron capturados en 1720. A Jack lo ahorcaron junto a su tripulación, pero a Anne y su amiga Mary Read les perdonaron la vida por estar embarazadas. Luego se pierde el rastro de Anne, pero la tradición dice que murió octogenaria y establecida en Carolina del Sur.
Mary Read, una londinense nacida en 1697, fue condenada por piratear desde 1719 a 1720. Su barco había sido abordado por Jack Calicó . Mary Read, vestida de varón, se hizo amiga íntima de Anne Bonne y desde entonces, Mary se unió a los ladrones del mar. Fue capturada en 1720 y muríó de fiebre un año después.

ALGUNOS FAMOSOS PIRATAS DEL CARIBE.

JEAN FLORIN.

Fue el primer pirata que atacó naves españolas, y lo hizo al servicio del rey de Francia, Francisco I. Nacido probablemente hacia 1485, Jaen Fleury (o Juan Florentino o Juan Florín) era un oficial naval francés y corsario al servicio de Francia, que atacó y saqueó aproximadamente 150 barcos españoles, según confesó al ser capturado. Su mayor botín fue la captura en 1521 del fabuloso tesoro de Moctezuma, que Hernán Cortés había embarcado para España en tres barcos. Se trataba de 58.000 barras de oro. Más tarde, también saqueó un barco que zarpó de Santo Domingo, con 20.000 pesos oro, perlas y otras mercancías. Enviado a expedicionar América, descubrió para Europa la bahía de Hudson y la bahía de Nueva York, y dio cuenta de la existencia de una costa Atlántica en el hemisferio norte. Fleury operaba entre la península Ibérica, las islas Azores y las islas Canarias hasta que cuatro navíos vizcaínos lo embistieron y capturaron. Fue llevado a la Casa de Contratación en Sevilla, y enterado el emperador Carlos I, ordenó colgarlo junto con otros piratas franceses.

BARBANEGRA.

Un pirata histriónico fue el famoso Barbanegra. Edward Teach, tal era su nombre, era excepcionalmente alto y corpulento para la época. Nacido en Inglaterra, desarrolló sus acciones como pirata en el Caribe, asolando las colonias españolas y británicas. Acordó en 1718 con el gobernador Eden de Carolina del Norte, el perdón y la posibilidad de vender en este territorio el producto de sus saqueos, a cambio de una parte del botín. Finalmente murió decapitado por el capitán Maynard. La leyenda trascendió su vida, constituyéndose en el arquetipo del pirata. Usaba una larga barba enrulada, a la que agregaba palillos encendidos al atacar, con lo cual, su aspecto era deliberadamente atemorizante. En Teach's Hole se dice que el fantasma de Barbanegra aún busca su cabeza
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HENRY MORGAN.


Era un bucanero galés, célebre por su ferocidad y su accionar sin escrúpulos, llegó a tener gran poder con cerca de 50 barcos y 3 000 hombres a su servicio. Desde su base en Jamaica, toma y saquea Portobello, usando a los religiosos como escudo humano. Más tarde, atraviesa la selva desde el Atlántico y llega al Pacífico en 1670, para atacar Panamá, que sólo estaba defendida por 400 soldados profesionales y 1700 esclavos y colonos. La ciudad fue arrasada y saqueada, y sus habitantes torturados y muertos, por esta "heroica" acción, el rey Carlos II lo nombró Sir, y lo hizo gobernador de Jamaica en 1674.

FRANCIS DRAKE.

Fue un corsario y traficante de esclavos al servicio de la reina Isabel. Nació hacia 1540 en Devon, hijo de un granjero protestante. A los 13 años, se emplea en un buque mercante. Hacia 1567 lo encontramos traficando negros capturados con su primo, John Hawkins, desde África al Caribe. Perseguido y vencido por los españoles en 1569, debe regresar a Inglaterra. De nuevo en América, y luego de varios fracasos logra capturar un convoy español cargado de oro y plata. Isabel I de Inglaterra que patrocinaba a Drake, no reconoció los actos del pirata ya que no había guerra declarada entre su país y España, pero se benefició grandemente con ellos.  Hacia 1578,  con el portugués Nunho da Silva como piloto experto en la costa americana, Drake llega hasta el Río de la Plata. En Bahía San Julián debe dejar dos embarcaciones por carecer de tripulantes y sigue hasta el estrecho de Magallanes. Lo atacan los indios patagones que diezman sus naves. Logrará escapar en una de ellas, el Pelican, con la cual saquea Valparaíso en Chile, y varios barcos, a su paso por Perú. Subiendo por la costa hacia el norte, llega en 1579 a California. Allí funda un puerto, donde repara y abastece sus naves. Raclama el territorio para la Corona, llamándolo Nueva Albión. Desde allí siguió hacia el norte, buscando el paso que lo llevara hasta el Atlántico. Pero desiste y orienta la proa a las Islas Molucas, rodea el Cabo de Buena Esperanza y alcanza Sierra Leona en julio de 1580. Finalmente, en septiembre de 1580 llega a Inglaterra, con riquezas capturadas a los españoles. Fue recibido con grandiosidad, y nombrado Sir por la reina y pasó a formar parte del parlamento. Como era de esperarse, en 1585 se desata la guerra entre España e Inglaterra, e Isabel le encarga a Drake la hostilización de las colonias americanas. Con este encargo, zarpa en 1585 con 21 naves y 2000 hombres, y se encamina hacia España y ataca Vigo para luego llegar a Lisboa, pero es tal la resistencia que encuentra que vira hacia América, después de saquear las islas Canarias y las de Cabo Verde. Ya en América, toma las ciudades de Santo Domingo por la que pide a los españoles un rescate de 25.000 ducados y que luego incendia. De ahí se dirige a  Cartagena de Indias, por la que pide un rescate de 107.000 ducados. En mayo de 1586 incendia la fortaleza de San Agustín en La Florida y recoge a un centenar de colones ingleses que desean volver a Gran Bretaña, en la isla Raonake.
En 1587 destruye 30 barcos fondeados en Cádiz, que iban a formar parte de la Armada Invencible  y roba la carraca San Felipe que venía con riquezas de las Indias. El año 1588 es el del fracaso de la Armada Invencible española en su intento de invadir Gran Bretaña, pero un año después, es aún más catastrófica la derrota de la Contraarmada o la Invencible inglesa, que pretendía invadir España, y que lideró Drake de manera vergonzosa. Este fracaso está considerado uno de los peores de la historia de Inglaterra. Por seis años se le negó al corsario la comandancia de cualquier expedición naval, hasta que, por su conocimiento de la geografía americana, se le entrega en 1589 el mando de una gran expedición organizada para atacar las colonias  españolas de América. La campaña termina nuevamente en desastre, y entre todos los ingleses que pierden la vida frente a las tropas españolas, figura el mismo Drake, muerto en el Mar Caribe en 1595.
Es interesante notar que, desde el lado inglés, el corsario Drake era un héroe, mientras que para los españoles era un vulgar pirata, un bandolero del mar, protegido por el pabellón inglés. De algo no hay duda, la figura de Drake no deja de ser, hasta el día de hoy, oscura y controvertida.


LA SOCIEDAD PIRATA.


En ella, eran bienvenidos vendedores, artesanos, y todo tipo de gente, la mayoría de ellos renegados de sus propias ciudades de pertenencia. La gente con oficios -médicos y artesanos en general- se integraban con algunas ventajas, sobre todo a la hora de repartir el botín. Pero no eran aceptadas las mujeres europeas, ya que éstas producían conflictos entre los piratas, sólo eran toleradas las mestizas, las indias, las mulatas y las negras. Todos ellos, tenían en común la falta de apego a las leyes sociales y un agudo espíritu aventurero y libertario, además de una gran ambición. El capitán del barco, era elegido por sus hombres pero, para controlar su poder, la tripulación también elegía por votación un contramaestre, que de alguna forma equilibraba el poder del capitán. Está de más decir que el capitán debía ser un hombre excepcional por su conocimientos de navegación y por la experta interpretación de las cartas náuticas, pero a su vez debía demostrar un férreo don de mando para mantener intacto su poder  frente a hombres que normalmente se manifestaban sanguinarios, rebeldes y astutos. Si bien el equilibrio de poderes podía ser precario por momentos, la voz del capitán era la autoridad absoluta en medio de la acción, aunque a la hora del reparto debía respetar fielmente las promesas de porciones del botín hechas antes de zarpar, pues la mentira y la deslealtad eran las peores faltas en el código de valores pirata. Sumado a ésto, cada capitán era una suerte de cuentapropista que debía mantener incentivada a la tripulación con promesas de ganancias y a su vez, asegurarse  de colocar el botín que la mayor parte de las veces consistía en mercancías. Cada hombre cumplía una función específica y sólo era relevado en casos de enfermedad grave. Estos hombres sólo podían poseer su parte del botín y sus efectos personales, todo lo demás era comunal. Gozaban de ciertas libertades, ya que cualquier hombre con barcos y hombres a su disposición podía organizar expediciones. En el imaginario de la época, la vida pirata simbolizaba la libertad total. Pero lo cierto es que las vidas de estos hombres eran cortas, extremadamente duras y azarosas.

ARMAS PIRATAS.






Cañones, culebrinas (cañones pequeños que disparan metralla), pistolas y mosquetes, alfanjes, dagas y hachas, espontones, alabardas, arpones y garfios de abordaje fueron las armas más usadas por los piratas. Perseguían al barco enemigo hasta tenerlo a tiro de cañon, y así dispararle a las velas y desgarrarlas. La idea era no dañar la mercancía de carga del barco, ni al pasaje, ya que por las personas importantes se pedía rescate y el resto, se vendía para trabajo esclavo. El barco atacado quedaba entonces sin capacidad de maniobra y era alcanzado para su abordaje. Se ponían en uso en ese momento los garfios de abordaje, las pistolas y las hachas para romper el resto de las velas y cabos y para la lucha cuerpo a cuerpo se utilizaban las armas blancas cortas como los alfanjes y las dagas. Las armas blancas largas en cambio, se usaban menos, por ser incómodas para el uso en espacios reducidos como la cubierta de un barco. En cuanto a armas como arcabuces y mosquetes, servían para el momento previo a la lucha cuerpo a cuerpo, es decir, el momento del abordaje.

LOS BARCOS PIRATAS Y LOS INSTRUMENTOS DE NAVEGACIÓN.


Estos barcos debían ser livianos, ligeros y maniobrables. Las goletas y bergantines de dos palos, o las fragatas y corbetas de tres palos, con mayor capacidad de carga que las primeras, fueron los más utilizados. Balandros, faluchos, piraguas y embarcaciones pequeñas, con o sin velas, eran ideales para alcanzar las cubiertas de los barcos capturados o las playas. Recordemos que los barcos españoles, galeones, naos y más tarde navíos de línea, fueron barcos con mucha capacidad de carga y enorme poder de fuego, lo cual los hizo más lentos que los utilizados por los piratas. Sin embargo, convoyes de galeones y barcos militares de apoyo, fueron en la práctica invencibles.


La navegación se practicaba con instrumentos ópticos que se basaban fundamentalmente en la observación astronómica. La brújula, construída muchas veces por los mismos capitanes, era indispensable, y para definir latitudes y horarios, se usaban la ballestilla, el reloj de sol o cuadrante solar y el astrolabio (hasta la invención del sextante hacia 1750). Los astros de referencia eran el sol por supuesto, y la estrella polar, que era el gran recurso de los navegantes. El reloj de sol que se usaba en las cubiertas para calcular el tiempo, consistía en un estilo o gnomon sobre una superficie escalada que indicaba la posición del astro y por tanto, la hora del día. El astrolabio, que en griego significa, el buscador de estrellas, era un instrumento muy antiguo que determinaba la hora a partir de la latitud y que permitía medir distancias por triangulación. Pero tal vez la herramienta más valiosa para los piratas, eran las cartas náuticas de españoles y portugueses, que llevaban más de cien años navegando las costas americanas. Por ello, el secuestro de pilotos ibéricos era uno de los objetivos centrales de la piratería.

AGUAS PELIGROSAS.


Las Bahamas fueron durante el siglo XVII refugio de piratas y corsarios. Los Bucaneros actuaban desde La Española y Haití. Las Islas Vírgenes, bajo protección de Gran Bretaña, estaban infestadas de piratas y corsarios. También las Islas Caimán, descubiertas por Colón en 1503, y ocupadas luego por franceses e ingleses que exterminaron a todos los nativos, fueron base de operaciones de los ladrones de mar. Cuando España los expulsa, los piratas se refugian en la Isla Tortuga y La Española. Durante el siglo XVIII, los piratas usaron como guarida Nassau en New Providence, ya que Inglaterra, Francia y Holanda se había puesto de acuerdo en privarlos de su antigua base de operaciones en Jamaica. Las más de 1000 islas caribeñas, resultaban un excelente escondite para los ladrones de mar. Pero en todas las costas americanas había guaridas de piratas, que España constantemente disolvía. Para citar un ejemplo, tan lejos como en el archipiélago Juan Fernandez (hoy chileno) en el Pacífico sur, y a 670 km del continente, había un refugio de ladrones de mar entre los siglos XVII y XVIII. España construyó en 1749, la fortaleza de Santa Bárbara para proteger esta zona, con seis fortines con artillería.
Las islas de Martín García o San Gabriel, frente a la costa de Colonia, fueron también base de ataques piratas en el escenario rioplatense.

DECADENCIA DE LA PIRATERÍA.

Los piratas y corsarios y sus acciones cayeron en desgracia durante el siglo XVIII por varios motivos. Los poblados y aldeas fueron creciendo y fortaleciéndose. Los nuevos barcos imperiales era más ligeros y estaban pertrechados con poderosos cañones, no permitiendo el acercamiento de los piratas. Pero tal vez la sentencia de muerte a la piratería fueron los Tratados de Paz que se hicieron necesarios para evitar las correrías en los mares que entorpecían el tráfico comercial. Recordemos que en Inglaterra se vivían los albores de la expansión económica previa a la revolución industrial y que por este motivo, las condiciones eran sustancialmente diferentes a las del pasado, ahora se requería un escenario marítimo seguro y previsible para facilitar la era de los negocios.
Londres, que antes protegía estas actividades, impone ahora duros castigos para la piratería, que ya no sería tolerada. Así que se ahorcaba a los piratas y sus cuerpos quedaban por días exhibidos en el Támesis. También se dispuso de antiguos barcos de madera desguazados en la entrada de este río que se usaban como prisiones, donde los piratas vivían recluídos en condiciones infrahumanas.

PERO…

La actividad pirateril, no cesó aquí. Los aventureros con esta vocación buscaron botines en las nuevas rutas comerciales que se habían abierto en los mares de China, Japón, India, Indochina o Malasia. Los cargamentos de marfil, seda, especies o maderas preciosas, fueron los nuevos objetivos de los ladrones de mar.


Y EN LA ACTUALIDAD.

En el océano Índico, la piratería existente en las costas de Somalía significó una amenaza latente desde el desarrollo de la guerra civil iniciada que desangró el país en los años 90. La OMI (Organización Marítima Internacional), para proteger el golfo de Adén, el golfo de Omán, el mar Arábigo, el mar Rojo y el océano Índico, organizó la Task Force 150, una coalición naval multinacional. Los piratas somalíes por su parte, eran pescadores artesanales autodenominados en un principio como “Guardia Costera Voluntaria de Somalia”, que en su defensa han denunciado a los verdaderos bandidos del mar que son los pescadores clandestinos que saquean nuestros peces, aludiendo a los barcos pesqueros de países desarrollados y a la contaminación por sustancias radiactivas que sufren por efecto del vertido de esos materiales de desecho en el litoral del país.
Algunas estimaciones calculan que los beneficios de los piratas somalíes en el 2008, llegarían a unos 30 millones de dólares producto de los rescates exigidos, otros aumentan ese número a 80 millones. Estos beneficios alcanzan a las autoridades locales y financian municiones y avituallamiento. Incluso se habría creado una bolsa de valores en la ciudad somalí de Haradhere, según informes del 2009, dedicada a los que deseen obtener ganancias de los asaltos, ya sea de manera directa, participando en un abordaje, u obteniendo dividendos aportando armas o dinero.
El asalto al barco es efectuado sujetándolo con ganchos disparados a manera de proyectil, para después trepar con cuerdas y escaleras. También, a manera de disuasión, los piratas optan por atacar previamente al objetivo para forzarlo a  no moverse y así abordar con facilidad. Para ello cuentan con fusiles AK-47, ametralladoras PKM y lanzacohetes RPG-7. Como la isla de Tortuga, o las Caimás o Jamaica en la antigüedad, el poblado de Eyl se ha convertido en centro de acciones pirateriles, y su población es funcional a esas actividades. El manejo de lenguas extranjeras por ejemplo, es muy lucrativo a la hora de negociar con rehenes, de hecho, se pagan 5000 euros por subirse a un barco para conversar negociaciones de rescate.
Pero los más favorecidos no residen en Somalia. La Cadena Ser de España en mayo de 2009, ha conjeturado que los bandidos recibirían apoyo de inteligencia desde Londres en cuanto a la elección previa de sus presas, lo cual, si ésto pudiera comprobarse,  termina cerrando el círculo y confirmando la nueva modalidad del “robo para la Corona”.

PIRATAS EN EL RIO DE LA PLATA.

   Fueron numerosos los intentos de corsarios y piratas de penetrar en el Río de la Plata y tomar o saquear Buenos Aires, más por su situación estratégica que por sus riquezas. Más allá de la defensa de este puerto por la flora española y las resistencias que impusieron los vecinos, lo cierto fue que el mismo Río de la Plata defendió la ciudad. Para estos navegantes experimentados, la navegación en este río era todo un desafío por sus cambiantes vientos y repentinas sudestadas, así como por sus traicioneras bajantes.
Sin embargo, las condiciones del río eran buenas cuando en 1582, Edward Fenton desvalija a la entrada del río a la fragata del padre Rivadeneyra, que había traído 22 frailes franciscanos a la ciudad, obligando a sus pilotos Juan Perez y Juan Pinto a hacer un amplio reconocimiento de estuario del Plata, aprovechando sus conocimientos del estuario. Una de las naves, la "Francis", encalla y se hunde cerca de la isla Martín García. Era la nave de John Drake, sobrino de Francis Drake, así que éste, con diecisiete hombres más, fueron apresados y esclavizados durante meses por los indios charrúas. Una noche, Drake y dos hombres más, consiguen escapar en una canoa indígena y llegar a remo hasta Buenos Aires. En la ciudad son apresados y enviados a la Audiencia de Lima.   Más tarde, en marzo de 1583, Fenton se enfrenta con las tres naves sobrevivientes de la Armada de Flores Valdés, una de ellas, "Santa María Begoña" es hundida, pero los ingleses registran muchos muertos.
El mismo año de 1583 , el pirata inglés Thomas Cavendish intenta tomar la ciudad de Buenos Aires, pero una fuerte tormenta se lo impide. Tres años después, tres naves piratas toman las dos naves del Obispo de Tucumán, Francisco de Vitoria, que volvían de Brasil.
En marzo de 1607, piratas franceses capturaron a "Nuestra Señora del Buen Viaje", una nave española que protegía la entrada al Río de la Plata. Sin esta protección, asolaron por meses estas aguas, hundiendo naves. El gobernador de Buenos Aires, Hernando Arias de Saavedra, conocido como   Hernandarias, mandó a armar cuatro bergantines para recorrer la costa. Hacia 1628, merodean corsarios holandeses que no pueden acercarse a Buenos Aires por la bajante. En 1658, el pirata francés Timoleón de Osmat, caballero de la Fontaine, intenta tomar la ciudad, desembarcando en la costa, pero fue rechazado y muerto por los vecinos. Su nave "La Marechale" fue capturada y fueron destruídas otras dos por la nave española "La Agueda" que las persiguió y combatió en el río.
En 1697 un nuevo intento francés, esta vez con cinco naves, es frustrado por una gran tormenta. Dos años después los daneses atacan Buenos Aires y son repelidos por el vecindario. Hacia 1720, el gobernador Bruno Mauricio de Zabala derrota y mata al pirata francés Esteban Moreau y en 1726, funda el puerto de Montevideo, en el que fondearon las naves de guerra españolas que patrullaban la entrada del estuario. De esta manera, la ciudad de Buenos Aires quedó protegida de futuros ataques.





UN CORSARIO ARGENTINO: HIPOLITO BOUCHARD.


Nació en Francia, en 1780. Desde temprano embarcado, lucha contra los ingleses y luego realiza campañas por Egipto y Haití. Llega a Buenos Aires en 1809, y enseguida simpatiza con la revolución, ya que es antimonárquico radical. Hacia 1810 es nombrado segundo comandante de la flota argentina, comandada por Juan Bautista Azopardo. Realiza varias acciones y en premio por ellas se le otorga la ciudadanía. Más tarde inicia varias campañas de saqueo de las costas del Pacífico -con poca suerte-, bajo las órdenes de Guillermo Brown. Rearma y pertrecha la fragata "Consecuencia" y la rebautiza "Argentina". Con ella inicia dos años-1817 a 1819- de acciones como corsario rioplatense, en los que sortea todo tipo de peripecias mientras da la vuelta al mundo. Entre estas acciones, enfrenta trece batallas navales, hunde ventiseis barcos y decomisa cuatro barcos negreros ingleses y estadounidenses, liberando a la población negra cautiva, entre otras acciones. Pero sus acciones sobre todo apuntan a los españoles, a quienes ataca sin piedad. Ya anclado en Valparaíso, se le recriminan sus actos de piratería y su crueldad para con los vencidos, muchos de los cuales eran pueblos misioneros californianos habitados por familias españolas a las que impiadosamente exterminó. Con esos argumentos, se decomisó su carga y se desmantelaron parcialmente sus barcos. Se unió entonces a la campaña de San Martín en Perú, y éste lo nombró jefe de la flota peruana en 1829. El gobierno peruano lo premia con dos haciendas, que habían sido fundos jesuitas ubicados en Nazca, el de San José del Ingenio, y el de San Javier, ex-propiedades ambos del Colegio Jesuita del Cusco a partir de la expulsión en 1767. Hacia 1828, ya en tiempos  republicanos, el Congreso peruano las cede al corsario argentino. En ellas, Bouchard funda el gran ingenio que nombra "La Buena Suerte" y vive allí como hacendado durante 13 años, olvidando a su esposa porteña, Norberta Merlo, casada con él en 1812 y a sus dos hijas, Carmen y Fermina Bouchard en Buenos Aires. Pero la suerte no sería eterna por el marino aventurero, pues muere asesinado por sus esclavos, cansados de sus malos tratos. Luego de un severo castigo a uno de sus sirvientes en enero de 1837, los otros, liderados por el afroanasqueño Adelfo Bernales lo atacaron y ya en el suelo, lo degollaron de un machetazo. Se dice incluso, que Bernales luego, violó a la amante del marino. El acta de defunción lleva como fecha el 6 de enero de 1837.
   En junio de 1962 se encontraron en la cripta de la Iglesia, otrora jesuita, de San Javier, sus restos identificados como H.B. y un mes después se repatriaron a cargo conjunto de las Armadas argentina y peruana. Hoy descansan en el panteón naval de la Recoleta.